22 de octubre de 2010

MOEBIUS

Y vuelves a perder otro avión. Cada día, a la misma hora, y no llego. Y eso que corro, la maleta, los papeles, la chaqueta. Otras noches olvido el pasaporte. Parece que iba lejos. Hay noches que es Nueva York, otras voy mucho más cerca, y a veces en bus. Sólo a veces. Me acuerdo de repente, minutos después de despertar, horas o días, a veces, mientras juego a ser más rápido en lavarme los dientes que el café en salir de la cafetera. Pasa a veces, recuerdo que estaba corriendo, mierda, el billete, lo dejé en casa. La mecánica inasible de los sueños recurrentes, la turbia maraña de imágenes me envuelve y ya no estás en el baño, vuelves al sueño, y en ese instante lo entiendes todo.

Pero pasa rápido, y de nuevo la pasta, el café, la ventana del bus, y otros breves instantes de lucidez, la narrativa de lo soñado, el ansia y ese movimiento espontáneo de la pierna, arriba y bajo, que no puedo detener; me reconozco corriendo por un aeropuerto atestado, cualquier aeropuerto, no importa, los aeropuertos son siempre iguales; uno podría salir y llegar al mismo aeropuerto sin saberlo. Se les llama recurrentes, bromeo, porque uno recurre a ellos para no tener que inventar sueños peores. Más café, y otra vez a correr, a perseguir otras cosas, a llegar tarde a otras citas, a olvidar otros papeles importantes en el recibidor, que no se me olvide apagar el gas otra vez, otra vez a esquivar otros compromisos, a llenar las horas de cosas por hacer para que pase otro día, para que se haga corto, para pasar el tiempo como algo que hay que matar o sufrir, qué ganas de volver a casa, hasta que llegas, por fin, qué ganas, la cena, la serie de los jueves, el poleo, te acuestas, te tapas, te duermes, echas mano de tus miedos y miserias y vuelves a perder otro avión.