7 de septiembre de 2010

BREVE GRAMÁTICA DEL AZAR

Llegas tarde, y estás lejos, de todo, todavía. Atisbando la última esperanza de poder ser, como aquello que pedíamos en silencio, con los dedos cruzados en los bolsillos del chubasquero, que llegue el tren, que llegue ella, que pare de llover, por dios; como aquello que sabíamos cuando éramos niños y hoy ya es imposible que se sepa. De mayor seré otra cosa, y aquí estoy; ocupo un espacio, un volumen robado al aire, forma, frontera con todo lo que acecha más allá de la epidermis, repitiéndome frente al espejo, simulacro de lo que debiera haber sido, cuando todo era posible y explicable a grandes rasgos. Pero qué pasa cuando no pasa nada, qué esperas cuando nada llega, qué se cuenta cuando uno intuye que no hay más cuentos que contar que esta vergüenza de llamarme como me llamo, de haber llegado a esto y no a lo que sabía de pequeño. Médico, de mayor seré médico. Cirujano, tal vez; nunca alergólogo. Cada vez a mayor distancia de lo improbable, sabiendo que esto frente al espejo no soy yo, porque yo no soy, o al menos eso intuyo; volumen, eso sí, sin esencias inmutables, sin anclajes. Pero estar no es poco, o al menos representarse cada mañana pagándole al conductor, solicitando parada antes de bajar, salida de emergencia a la derecha, su croissant; ¿desea alguna otra cosa? Tantas... Al menos seguir deseando, seguir intuyendo algo posible después de todo, una sonrisa detrás del croissant. Por eso seguía esa antigua costumbre de encontrar cosas por el suelo, pequeñas piedras, señales, botones perdidos (son muchos), y uno no puede dejar de agacharse por más que detenga la fuga de señoras que vienen detrás y miran lo que recojo, plumas, a veces, o piedras en forma de corazón que admirábamos durante horas. Efímeros tesoros, tal vez, que nos rescatan por un instante de seguir buscando eternamente, señalan algo que late más allá de todo esto, pequeña perfección que coloco en la palma de mi mano, bien centrada; forma azarosa o una cruz en el mapa invisible de mis pasos, usted está aquí, como puntos y comas de un texto escrito en un idioma desconocido. Dos cincuenta, que pase usted un buen día. El azar: todo y nada. Esbozo perfecto de un corazón conformado casualmente en una piedra tras años o siglos rodando por ríos o montañas, montones de escombros o escobas. Había una isla, decía, dios sabe dónde, con bosques en forma de corazón en los que andaríamos perdidos sin conocer la belleza de sus límites. Sinrazón o excusa para creernos vivos; para pensar que hay algo después de todo, que existe un destino en las cosas que la física no explica. Nuestra misión era ésta, ponerle nombre a estos signos, darles vida y un sentido unívoco, inexorable; puntos dispersos en la ciudad y líneas casuales que los unen y convergen en mi palma; punto de fuga en mi mano, línea que abraza lo inasible y reajusta el mundo, por fin, preludio de todo, indicio de algo que buscaremos todo el día, tal vez mañana, aunque -se sepa que- tal vez nunca. Es así, todos lo saben, pasará lo que tenga que pasar si es que algo pasa, pero una piedra esboza razones que apuntan a leyes que no siempre han de cumplirse en esta ilógica de días que se solapan en el dietario; pilares volubles sobre los que construir otro mundo; telones que acaban con la farsa; pequeños gestos, al fin y al cabo, que enderezan los renglones torcidos sobre los que este mundo se narra a sí mismo. Y es sólo así como todo parece hilvanarse, las mangas, los bolsillos. Pero me tira la sisa del mundo bajo la axila y ese hilo que cuelga y del que no debes tirar, nunca, bajo ningún concepto, porque esos jirones embastados con signos y ajustes de cuentas con el futuro se vendrían abajo como un juego sin reglas o la Tierra sin su eje imaginario. Y entonces de nuevo el espejo, estar sin ser, quitarse las legañas, rotación y traslación, los reyes godos, encantados de servirle. Gracias.


Recuperando las calles, ocupando esquinas y portales resguardados del sol; echando el ancla en esos lugares de paso donde estorban los mendigos y los encuestadores; el camino más corto entre dos puntos, origen y destino, qué ganas de entrar en casa y mear. Y el asfalto atestado de lo que le sobra al mundo, aquello que la gente arroja desde sus ventanillas y que nos daba un camino que seguir, una esquina que doblar a la derecha aunque -se sepa que- no hay nada que buscar; eso que sólo nosotros reconocíamos de repente en una piedra o una pluma intacta en la Gran Vía, algo por lo que nadie se detiene, algo en lo que nadie repara si no es para barrerlo. Elegimos vivir así, y así andábamos, de acera en acera,entorpeciendo el tránsito de esas personas tan a sus cosas por hacer todavía, dios qué tarde, ya es la una, tan a sus facturas por pagar; reteniendo el tráfico de coches que van y vienen con un destino preciso en el navegador; cruzando semáforos en rojo y tropezando en los pasos de cebra con eso que sólo nosotros sabríamos encontrar, porque sólo nosotros sabíamos lo que de ningún modo andábamos buscando.