30 de abril de 2010

SOBRE DÍAS Y ESPEJOS



A este lado de la línea, a este lado de las cosas que pasan, suceden, ocurren, nadie sabe por qué, pero encuéntrate un día al otro lado del espejo, preguntándote qué mierdas yo aquí, por qué no otro viviendo mi vida, mis cosas, mis días, mis manías persiguiéndose a sí mismas, mis miserias. Quién sabe, si no fuera yo, qué hubiera sido bajo mi piel, quién, a qué santo, u otras sandeces que resbalan por el lavabo entremezcladas con la pasta de dientes. Expuesto a otro día marcado en el calendario, una hora menos en Canarias, un día más, o un día menos, equidistante al resto de días, uno tras otro, la cinta roja que te situa en la agenda y la tos, ese molesto picapedrero que te devuelve al yo mismo que se asquea y pregunta cuánto falta, para llegar dónde, hijo mío, sigue diciendo mi madre, me sangra la encía y tendré que limpiar el váter, un día. Promesas que se hacen y no se cumplen hasta que uno acaba harto de ser lo que se es, y acaba limpiando el váter y oliendo a lejía del chino. Eso o morirse del asco; salir de este estado de sitio en uno mismo, de este ir muriéndose y sentirlo como quien ve a las plantas crecer por minutos. Es por eso por lo que uno comienza el día buscando razones para seguir reconociéndose en sus pies, detentar el mismo nombre, el mismo aspecto. No puede ser sólo eso; no todo puede reducirse a deambular de barra en barra, distribuirse por parejas, reunirse en parques y salas de cine, cafés por la tarde, una copa, un paseo, vomitar los domingos, comprar casas de protección oficial con trastero, aislarse de dos en dos tras las cortinas beige del salón, viajar en puentes, festivos y vacaciones, fechas señaladas en rojo para rescatarnos de dios sabe qué, tal vez de nosotros mismos; crear seres, darles nombre y golpecitos en la espalda, colegios de pago, traumas, comunión y clases particulares, seres que darán vida a otros seres, con otros nombres tal vez más ridículos y más impronunciables para nosotros, nuevas cortinas, bodas por lo civil y tutelas compartidas.

¿Qué quieres ser de mayor? Tal vez yo mismo, o tal vez no. Elige un destino, una ropa que ponerte cada mañana, camisa a rayas, vaqueros y zapatillas, eso sí, porque uno es joven todavía a sus cuarenta y muchos, y el rock no ha muerto, todavía, y que uno se haya pasado la vida fotocopiando informes y formularios a horario partido no significa que uno por dentro, en fin, ya se sabe, de algo hay que vivir, o morir; hay que dejar de fumar, otra vez... No puede ser sólo eso, los días no pueden ser otra forma de locura colectiva, otro saldo en los escaparates, otra mentira que ponerse cada mañana frente al espejo del baño, esperar otro fin de semana que pasará sin remedio, narcotizarse en el baño de bares y discopubs, enrollar desde abajo la pasta de dientes de forma meticulosa, lavarse las manos después de mear, sistemáticamente, calcetines por colores, por parejas; rutinas diarias que nos reconcilian con lo que sucede tras la puerta o tras la piel, con un incesante deambular de malas conciencias que se ordenan ante las máquinas canceladoras de las estaciones, con ese ir y venir de cuerpos y automóviles, horarios comerciales y secciones de sucesos en los periódicos -como si algo sucediera en realidad, como si en realidad hubiera algo digno de ser vivido, de ser contado, de ser maquetado a doble columna, foto y pie de página-; ritos cotidianos que nos rescatan de naufragar en nosotros mismos, que nos salvan de contestar “tal vez” cuando alguien pregunta en el metro si bajas en esta parada, porque tal vez hoy no, y decides no bajar en la siguiente y hacer que nada vuelva a ser como antes.