10 de mayo de 2010

OTRA VERDADERA HISTORIA DE CAPERUCITA ROJA

"Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió"

Charles Perrault



“...in girum imus nocte et consumimur igni...”
(...damos vueltas en la noche y somos consumidos por el fuego...)
Palíndromo latino



Érase una vez, en un lugar muy lejano, una niña llamada Caperucita, cansada de ser la protagonista de un cuento cuyo título se corresponde con su nombre. Cada noche protagoniza su desdicha junto al Lobo para que duerman los niños, hasta que crezcan y descubran que no hay cuentos ni caperucitas que nos devuelvan el sueño. Harta de revivir su historia, de ser contada eternamente en un bucle suspendido en el tiempo que se cuenta a sí mismo, cuando ni siquiera los niños son capaces de dormir en la espiral de las noches. Tampoco Caperucita es capaz de conciliar el sueño, porque no teme a los lobos que se esconden en el bosque. Sólo teme a un narrador omnisciente que piensa por ella, y la somete a un destino que vuelve sobre sus pasos. Y es por eso que érase una vez un Lobo y un bosque que temer, en un lugar muy lejano, donde Caperucita odia los límites que la inscriben en los márgenes de un cuento, como una úlcera de siglos que le come el hígado por las noches.

* * *

Había una vez un Lobo, cansado de esconderse en el bosque, que tampoco duerme por las noches porque no quiere comerse a Caperucita más que a besos. Y érase una vez que este lobo tiene miedo de encontrarla cuando cierra los ojos, para volver a perderla cada mañana, cuando los abre y se sorprende acechando, de nuevo, siempre lo mismo, y érase una vez, en un lugar lejano, un Lobo que sueña con comerse a Caperucita cuando ella se desnuda y desata sus trenzas, muy a pesar de Perrault y su argumento, ese pequeño dios que encadena sus vidas a un azar que se retuerce en las líneas de sus manos, para que haya habido alguna vez, en un lugar muy lejano, caperucitas y lobos que lloran cuando el mismo desenlace los separa cada noche.

Y cada cual a sus cosas, de retorno a esta diáspora de días que se exilian, a soñarse en el insomnio de las noches, a engrasar la moraleja y sus resortes. Él acechando en el bosque, ella deseando encontrarse con él, dónde vas Caperucita, a casa de la abuelita. Se guiñan un ojo, cómplices de la farsa, soñando que ese dios que le pone límites a los cuentos quiera que, un día, puedan adentrarse juntos en el bosque a esconder su desliz de los leñadores. Ya en los blancos márgenes del cuento, escribiendo su historia, sin cestitas ni moralejas que respetar. El cuento se acaba, se vuelve a empezar, y érase una vez, en un lugar muy lejano. Y dónde vas, Caperucita, a casa de la abuelita, todo bien, terriblemente bien. Todo saldrá según lo previsto en esta rotación de cuentos que giran sobre sí mismos, sobre el eje imaginario de un final que los separa hasta que vuelvan a encontrarse.

* * *

Eso fue todo. El mismo bosque, el mismo árbol donde acecho su llegada. El viento, su capa. ¿Dónde vas, Caperucita? A casa de mi abuelita, debía decir. No lo digas, hoy no. Miraba al suelo. Escondía de mis ojos una culpa íntima, inocente. La candidez de sus manos en los bolsillos de su falda. ¿Qué llevas en la cestita? ¿Nunca te dijo tu madre que no hablaras con extraños?

Su capa sobre la colcha, la cesta en el suelo. Sus ojos cerrados. Se entregaba al sacrificio de su carne, como una ofrenda o un rito. Pedazos de bien y de mal flotando a la deriva sobre la cama abierta como un mar de fondo. Habrá que quemar las naves. Sollozos de animal herido, de presa acorralada en los barrotes de la cama. Su ombligo, mis garras. Sus pies fríos, mis colmillos en su cuello y una sábana empapada en el sudor de su espalda. La cesta en el suelo, su miel en mi boca. Tras el naufragio, abandono los restos en esta playa remota donde la devoro cada noche y vuelvo a la vida. Renazco del hueco que dejamos en la cama, abierta como una tumba que acabamos de profanar, como una herida antigua que no llega a cicatrizar. Surcos y abismos como atajos que se pierden en el bosque, testimonios de un destino que ha dejado de latir en las líneas de sus manos. 

Dónde vas, Caperucita.

* * *

Hay cuentos que debieran ser escritos en los márgenes, en ese más allá de lo narrable que acota lo que puede ser contado. Hay historias que merecen trascender a ese espacio blanco y virginal, fuera del sentido y la memoria. Márgenes donde los cuentos se detienen, donde Perrault se sabe impotente en ese lapso que queda más allá de las letras, extramuros de argumentos y destinos, huyendo de moralejas, de desenlaces fatales, de cestitas y abuelitas indigestas. En los márgenes del cuento espera un hambre de siglos donde el Lobo deja de ser feroz y Caperucita suelta sus coletas, transgrediendo los límites del cuento que un pequeño dios se cuenta a sí mismo por las noches. Y hay esperas, y citas –a pie de página–, flujos y aguardientes que rezuman y gotean. Garras como labios, besos que desgarran, y un torrente de saliva que empapa las fronteras inasibles de este cuento. Y ya no érase una vez, ni hubo un lugar muy lejano. Sólo hay instantes brumosos, lobos feroces en huelga de hambre y abuelitas destrozadas esperando sus cestitas. Ya sólo hay niños insomnes naufragando en los pasillos, mientras Perrault intenta esbozar los límites de un cuento que no encuentra letras ni protagonistas.

* * *

Para no digerirte, para que no pases a formar parte de la tristeza infinita de mi cuerpo, para no gestionar esos pequeños pedazos de obscenidad que quedarán adheridos a mis miembros, por las noches me levanto y te vomito. Renace el cuento, y vuelta a empezar hasta que vuelva a devorarte. A grandes bocados, lamiendo tus bordes, te engullo, recorriendo tu volumen con mi boca. Bebo tus humores a grandes tragos, hasta saciarme de ti, hasta no haber dejado un resto del candor de tus mejillas.

Pero tengo miedo de asumirte. Tu digestión me causa un pánico infinito, y en un ácido bucle de locura te escupo en los márgenes blancos del cuento, donde sueño encontrarte un día, sin cestitas ni coletas.

Para no digerirte, mi glotis y mis entrañas se acostumbran a este rito de tu no digestión. No quiero observarte en mi espejo formando parte de mí. Tengo miedo de absorberte, tengo miedo de nutrirme de ti y asimilarte, tengo miedo de que mis jugos gástricos te desmenucen, porque entonces mis células no admitirían otras formas de nutrición. La no absorción de tus nutrientes es un juego eterno en el que te devuelvo al mundo, para ver cómo te alejas y sueño que mañana quizás vuelva a devorarte.

* * *

Y las letras se resisten, obstinadas, porque hay que enseñarles a los niños a temer a los lobos y a los bosques, a todo lo extraño y ajeno, a todo lo otro que acecha. El horror es el otro, y ya no hay dos personajes decididos a amarillear en la conciencia de los niños que ya no temen perderse en el bosque.

Después de todo, no tiene sentido ponerle límites a las historias. Ni principio, ni final, ni moraleja. Aunque miles de niñas en el mundo acaben siendo devoradas por sus lobos; aunque Caperucita ya no sea un mal ejemplo, y millones de criaturas vaguen insomnes por los pasillos del mundo. Hay historias que no merecen más límites que aquellos que tienden a infinito, aquellos que tienden a los márgenes del cuento como una esfera sin aristas. Qué sentido tiene escribir en un cuento reconfortantes finales que nunca suturan como un palíndromo latino que nos hace dar vueltas en el fuego de la noche que nos consume, y qué más da, después de todo. Dónde vas, Caperucita.

Y cada cual a su vida, y Perrault en la de todos.