26 de abril de 2017

ESTATUAS DE SAL

Regresamos, como seres elásticos que vuelven a todo aquello que creían olvidado, a todo aquello que nos ata y no nos permite que nos alejemos demasiado. Regresar es el único destino. Trastornados. Obsesivos. Compulsivos. Hijos pródigos que vuelven a casa, otra vez, con el rabo entre las piernas. Reencontrados con el eje imaginario contra el que damos vueltas y al final nos estrellamos. Estatuas de sal que se paran en medio de la calle y vuelven sobre sus pasos, a casa, otra vez, me da tiempo: a ver si he cerrado con llave, a ver si he apagado la radio, el secador o la estufa. Y es insano, se sabe. Sentir esa punzada, esa derrota al descubrir que la llave está echada, que está apagado el fogón.

Lo sabía. Siempre igual. Esas cosas se hacen por instinto, dicen todos. Pero esa no consciencia de mis actos me pone nervioso; no sé si cerré, no sé si tomé la pastilla. Me atraviesa. Me agota. Esta decepción con uno mismo. Este trastorno obsesivo. Esta compulsión que me hace regresar a casa dos tres veces, cada vez que salgo. Y entonces uno entiende que todo esto no es más que dirigir nuestros pasos hacia el útero que nos parió. Siempre de regreso, siempre de vuelta a lo que perdimos. Todo nos lleva al origen, a ese punto de partida al que dirigimos nuestros pasos. Odiseo volviendo a Ítaca en medio del sinsentido. Y cada tirón de la cuerda no es más que la vibración de esa brevísima herida, ese anclaje hacia el que huimos, ese engranaje sin mácula que rebuscamos en los despojos de la memoria: no sé si cerré la puerta, no sé si apagué la luz.

A la deriva en la calle, rechazado por el soplo de los dioses. A cada paso más lejos de la puerta de casa. Y sentimos ese aliento en el cogote. Que me aten al mástil o al reloj. Escuchemos las sirenas. Y roza el patetismo esta forma concienzuda de estrellarme contra la puerta cerrada, contra el fogón apagado, justo cuando debía estar camino del psiquiatra. Llegaré dos minutos tarde, casi tres. Las manos lavadas. La ropa interior del revés. Y en el grifo cerrado hay un poquito de muerte y de final de los días, algo abominable que gotea cíclicamente como un minutero que sacude cada poro de eso que seremos mañana. Como un azote que restalla y nos desgarra desde adentro. Respiro hasta las entrañas de la memoria; me adentro en las grietas que el tiempo ha abierto en los ojos del mundo. Y vuelvo a lavarme las manos. Reconfortado por la certeza de que todo está orden, la figurita en su sitio, el mantelito centrado, las persianas cerradas pero no del todo.

Otear esa presencia más allá de lo visible, asomarse a esos recuerdos vueltos jirones de desmemoria. El guisante en el colchón; reminiscencias de olvidos que regresan con las llaves en las manos y la cabeza gacha porque uno no sabe si ha cerrado la puerta. Estatuas de sal que vuelven la vista porque uno no sabe si apagó el grifo. Lavarse las manos de nuevo, las llaves, el móvil, la cartera en el bolsillo trasero del pantalón. Me peino. Otra vez. Cierro la puerta, de nuevo. Con llave: dos vueltas. Regresar es el destino contra el que andamos de puntillas, volviendo sobre nuestros pasos, volviendo la vista, de vez en cuando, para ver si está, si sigue allí, todo aquello que nos consuela y nos llora con lágrimas de esparto hasta que un día tropecemos con la muerte mientras contamos baldosas o monedas y descubramos que hemos vuelto, por fin, aunque ya no esperemos nada. Con las llaves en la mano. De vuelta a la nada que nos espera con su media sonrisa y su cara de juicio de faltas. El grifo cerrado, la luz apagada. Las llaves en el bolsillo del anorak. 

20 de febrero de 2016

EL MUSEO DEL SILENCIO


Me gusta sentarme sobre el mármol a imaginar cómo se pudren; pararme a pensar cómo nos vamos convirtiendo en esa delicada pátina de olvido a la que sacamos lustre a diario, tumbados en el sofá, indignados frente al debate de la tarde, palideciendo ante las noticias de la madrugada o dando asco en la puerta del after, apurando un tequila caliente en vaso de plástico con un cuarto de limón a medio exprimir, dejado caer de cualquier modo dentro del vaso, en cualquier antro, a cualquier hora... Nos pierden las formas y ese taladro que nos atraviesa justo en la sien, los domingos por la noche, mañana al tajo, las alubias en remojo, la ropa tendida. Revolcarse en la mierda de siempre como cerdos atados al poste al que damos vueltas, la cuerda se enrosca y acabamos trazando surcos en espiral sobre la mierda,  tratando de revivir aquel momento, aquella felicidad a la que hay que regresar, allá donde echamos el ancla, adonde volvemos la mirada cuando todo parece pudrirse. El destino del que venimos. El origen al que dirigimos nuestros pasos. Y es poco entonces darse de bruces contra el poste, acabar con la nariz aplastada por siempre contra el eje central al que vivimos atados sin saberlo, la cosa que nos preexiste, ese vacío que nos trasciende y nos hace suspirar en los semáforos, bajar la vista, cruzar sin mirar porque uno va pensando en su drama nuestro de cada día, mirando el móvil y adiós muy buenas, Antonio. Descanse en paz. Tus primos de Ciudad Real no te olvidan.

Sobre Manuel Ruiz Fuentes se está fresquito en verano, a la sombra del ciprés. Enhiesto surtidor de sombra y sueño… Me lo hicieron aprender en el colegio. No lo entendía. Descifro ahora el poema, de mayor, mientras me entra el sueño de la siesta y veo el ciprés trepando contra el cielo. Los veranos son terribles en este pueblo que es pura tierra y barro si llueve. Eusebio Tejada Pardillo. Es de mis favoritos. Llamarse así a día de hoy le hubiera costado el fracaso escolar. Encarnación Segundo Pino. 1878-1942. Tus hijos y nietos no te olvidan. Alguien le sigue cambiando las flores de plástico por todos los santos. Los domingos es hora punta. Llegan los cuervos con sus ramos para sus muertos recientes. A los muertos viejos ya les pueden ir dando flores de plastiquete del chino que son la misma imagen del desconsuelo. O nada. Sólo el olvido.


Cómo será el mundo sin nosotros. Cómo será cuando ya nadie se acuerde de cambiarnos las putas flores de plástico roído. Cómo será cuando de nuestros nombres queden sólo las letras contra el mármol de la lápida. La foto retocada contra el tiempo. La rabia del reloj contra la carne. Y así me va viniendo el sueño y duermo plácidamente hasta que abro la verja por la tarde, llegan los cuervos con sus ramos, sus diostesalvemaría y su eurito por ayudarlas con el cubito del agua. Gracias, señora Engracia. Algún entierro de tarde en tarde, barro las hojas, riego las rosas y observo crecer el ciprés, imagino pudrirse a los muertos, me paseo, me aprendo los nombres, las fechas, cifras curiosas, apellidos extraños. Otro cosa no hay, sólo tiempo y silencio. En secreto disfruto de esta épica de la nada, elaborando este breve esbozo de memoria de los muertos a los que nadie recuerda. Un monumento a la desmemoria. Una radiografía del tiempo. 

Se van los cuervos. Cierro la verja. Me fumo un porrito entonces o abro una cerveza, recostado sobre Benito Mendoza Clemente, 1894-1937, que Dios te guarde en su gloria. Y veo con los muertos cómo el sol se pierde entre los álamos del fondo, cómo va acercándose el invierno, es ley de vida. Vendrá de nuevo el frío cuando acaben las tormentas, con la misma calma con la que todos acaban por regresar buscando la paz de la que vienen. No somos nada, dirán, ignorando que van también trepando por los días hasta el útero que es esta tierra y este mármol donde acumulan polvo unos pétalos de plástico, donde el último girón de la memoria se balancea contra el viento de la tarde en unas tristes flores desteñidas.

11 de diciembre de 2015

LA LÁMPARA DE DIÓGENES


Pero yo no me encuentro nada. Son las cosas, que me encuentran. Tropiezan conmigo en la acera, entorpeciendo la puerta del súper, arrinconada en el vagón del metro, en la barra, junto a la puerta que se abre en cada parada. Ya soy vieja y me cuesta arrastrar muebles y cristales. A veces deseo no encontrar nada. Camino mirando al suelo. Las cosas me encuentran. Y ya soy suya. Las cosas me poseen. Cuidado con los frenazos, cuidado con el carrito, cuidado con empujar a la chica de negro, los seguratas del fondo que me observan. Los zapatos dicen todo de la gente. Chanclitas, botas, juanetes. Zapatillas deportivas. Y todo acaba cuando una le pilla el gusto a esto de inventar las caras de la gente por su calzado, cuando se abre la puerta, aquí me bajo, qué escalera debo tomar, la trayectoria más recta, la distancia entre dos puntos… Siempre la más corta, pero nunca la más bella. Así que suelo darme al deleite urbano de perderme en barrios que desconozco.

A alguien se le olvidó pensar en el gusto de perderse por simple inutilidad geográfica, por el sencillo placer de ir encontrando lápices, botones, pequeñas piezas de puzle que guardo en botes que suelo perder por la casa. Las calles contra uno, paralelas, perpendiculares, el planeamiento urbano, el casco antiguo y su entramado lineal. Y vengo a salir justo donde no pensaba, justo andando en dirección contraria de como creía caminar. Y ya estoy perdida para el mundo, a merced del hormigón y de los pasos de cebra que son como líneas de salida hacia diosabedónde, a merced de lámparas casi nuevas junto a contenedores que hacen que me detenga, de carritos de bebé a medio usar; tengo cuatro, por si a alguien le hace falta. Perdida para mí, que no sé dónde estoy, si es que se está en algún sitio en algún momento.

Un imperdible en el suelo. Me paro, lo miro. Decido en fracciones que me agacho, que lo cojo, que la señora de atrás… Lo siento. Me encontré un imperdible. Y sonrío, contenta con mi imperdible en la solapa, con mi imperdible perdido, perdido y encontrado por mí, con una paradoja en sí misma enganchada en la chaqueta. Exhibiendo un hallazgo que nadie entiende. Como si a Howard Carter lo hubieran tachado de loco y a nadie pudiera contar las cosas maravillosas encontradas por él en la tumba de Tutankamon. Me gusta, en el fondo, sentir esta suerte de felicidad que un terapeuta tacharía de locura, por dios, no es sensato que ande usted recogiendo cosas, acumulando, diría. El apego, el desprendimiento, conceptos que suenan bien en su boca, ideas vagas, palabras vacías para quien encuentra un imperdible y celebra esa paradoja convertida en hallazgo, ese hormigueo…

A veces llaman y son los de asuntos sociales. Hacen preguntas, me dejan panfletos que guardo en carpetas, en la repisa del baño, sobre los botes de conserva. Hacen fotos. Mi bote de los imperdibles. Háganle una foto a esto, esto merece la pena. Es bello, miren. Se ríen. Luego se van y nunca se supo. Nunca vuelven con las fotos. Pero hoy es esta lámpara, a no ser que encuentre algo mejor y tenga que dejar la lámpara para coger otra cosa. Trenes que pasan, después llega el camión y se lo lleva. Lo rompen o lo queman, dios sabe. Da pena. Convertirlo todo en basura. Quién decide lo que vale y lo que no. Quién administra la utilidad de las cosas, el fin de su servidumbre, la muerte de una silla o un aparador. O esta lámpara con flecos. Es bonita. Parece nueva. Con una piña en la base. Bombillas tengo. En una caja. Con los cables. La belleza de lo innecesario, la maravilla del desperdicio. Hay gente que es capaz de ver más allá del lustre y la materia. Existe un verdadero tesoro escondido en lo más profundo de las cosas que nos encuentran por la calle, junto a un contenedor. Existe un tesoro que brilla en esta lámpara o que lo hará en cuanto llegue a casa y enrosque la bombilla y se ilumine la habitación, se ilumine el sofá donde leo revistas de hace treinta años, Gina Lollobrigida y Carl Gable…


La lámpara es grande. No cabe en el carrito. Así que habrá que arrastrar el carrito y la lámpara cuesta arriba, hasta la parada del metro, pedir ayuda para bajarla… Me cuesta una bronca con el vigilante del metro. Por fin dentro. Por fin calculando el trayecto más directo hasta mi casa; el menos bello, tal vez, pero el más rápido. Me meo. Ya estoy vieja para esto, me digo siempre. Mocasines. Hay gente que los lleva, todavía. Hay gente que aprecia aún… Qué te voy a contar. Llegar a casa, soltar la lámpara sobre un montón de ropa, correr hasta el baño. Me meaba viva. Esta toalla está sucia. Y así, buscando una limpia, empiezo a apilar ropa y cortinas sobre la lámpara. Después lo recojo, después lo ordeno, después busco las bombillas, dónde estará la caja de los cables… Después miro entre las cajas del pasillo, donde creo que está esa vajilla tan bonita que encontré; habrá que usarla, con su ribete dorado en el borde, tan nueva, tan sin usar, como estas cortinas, como este cuadro en blanco y negro de dos niños que se besan en un parque… Hasta que aparece aquella cajita llena de sellos, la cajita… Y así pasó la tarde, feliz, mirando sellos, qué poca luz hay aquí, tendré que meter en bolsas esta ropa de bebé, los calendarios pasados, con sus fotos tan bonitas… Cosas que aparecen sin buscarlas, que tropiezan conmigo cuando camino mirando al suelo, cuando revuelvo las cajas o el montón de las revistas. A fin de cuentas, yo no me encuentro nada. Son las cosas las que me encuentran a mí.

30 de agosto de 2015

MURPHY, LA GRAVEDAD Y OTRAS LEYES

Si no fuera por esa sensación de haberlo perdido todo por el camino, las llaves del coche, las gafas de sol; esa sensación de haber derrochado la vida, de haberse quedado al borde de las pequeñas cosas, en ese precipicio que nos lanza hacia todo lo demás donde nos perdemos como en un mar de metacrilato que creemos navegar.

Como este miedo inicial de meterse en la ducha, de verse empapado o en otro estado más húmedo del ser, en ese frío ancestral que te sube por la espalda con el agua fría. Como ese miedo a no-saber-qué-decir o decirlo mal, escoger las palabras de soslayo, ese terror a no saber enlazar las letras, desnudos ante la clase, desnudos ante la vida y el espejo que me escupe, dónde están mis calzoncillos. Porque recuerdo haberlos traído, en la mano los traía, los cogí del tendedero, huelen a calle y a polvo, a fritanga de pescado, a tubo de escape. Por qué los huelo, tal vez para jugar a predecir su olor, lo imagino, olor a polvo, olor a calle. Uno conoce perfectamente esa sensación de desaliento que llega después cuando sabe a ciencia cierta que ha ganado en este breve juego de intuiciones y si uno deja tendidos unos calzoncillos más de una semana a la intemperie va a oler a lo de siempre, aunque desee que así no sea, que no se cumpla, perder en este juego de leyes Murphy e intuiciones a ciencia cierta.

Pero dónde están los gallumbos, joder. Jugar a perder. Jugar a saberse perdido. Jugar a meterse en la ducha y salir siendo otro, más limpio por fuera, me encanta el olor de este champú. Los pelos del peine, jugar a perder pelo, jugar a engañarse. Estoy en la flor de la vida, en el mismo cogollo del trayecto vital, allí donde la vida parece soldarse con el peso de todo lo que fue, lo que ha de venir con su perversa arrogancia, con su vana esperanza de cerrarle la puta boca a esa certeza que me habla por las noches y me dice lo que hay que hacer. Lavarse los dientes, buscarse un trabajo, dejarse los porros. Perder los gallumbos, la vergüenza, la perspectiva real y efectiva de las cosas. Mandar a la mierda a Murphy y sus leyes, la gravedad de las cosas al caer y estrellarse contra el suelo, la aceleración de las cosas que se hacen mierda contra el mundo, la ley del embudo que nos vierte en el tarro de las propias miserias o esa ley que hace llover cada vez que tiendo la ropa. La ley que me obliga a perder los calzoncillos en el breve trayecto que dista del sofá a la ducha, ocho pasos que me convierten en otro frente al espejo, que me despojan de aquello que lleve en las manos, mi libro, mi porro, mi ropa interior. Navegar a bandazos por la casa. A la deriva entre los reflejos de las baldosas del baño, sentarse en el bidet, apurar una chusta: remonta tus pasos hasta aquí, por dónde has pasado.


Dónde cojones están mis gallumbos, los únicos limpios, los lavé anoche, a mano, en la pila. No tengo otros, joder. Mis gallumbos. Los dejé en el picaporte donde ya no están y el espejo es ya testigo de mi baile del desaliento, de mi ansia, de mi buscar con la mirada mis gallumbos, perdido en mi baño, buscando una salida digna a tanto deambular frente al espejo, perplejo y mareado, chorreando porque dios sabe dónde fue a caer la toalla, que de todos modos huele mal y ya está sucia, a fin de cuentas, tendré que poner la lavadora, el charco, las baldosas del baño, mi cabeza contra ellas porque resbalo y me reviento la ceja. Triste final a tanto desconcierto, pienso mientras me lavo la herida, la vida es dura, el suelo más; un mar de sangre cayendo por el lavado, dando vueltas con el agua que corre en círculos hacia el agujero donde todo se pierde, habrá que salir pitando a urgencias, a ver si me para un taxi. Mis cojones me va a parar, parezco salido de un ajuste de cuentas, apretándome la herida con la toalla que, mira por dónde, estaba detrás del bidet y sólo la hubiera visto tendido en el suelo, adoptando esa nueva y dolorosa perspectiva de las cosas. Habrá que salir pitando, abrir la puerta del baño y descubrir, tras ella, mis gallumbos colgando del picaporte… Pero por fuera. Recuerdo entonces que los dejé para ir a buscar mi porro perdido en el trayecto que dista de mi sofá al tendedero, se me caen las camisas a la calle, la ley de la gravedad, y tengo que bajar a buscarlas. Tendré que poner una lavadora, fregar la sangre del baño, centrarme, cambiar de vida, pero ahora no, joder, urgencias, las llaves del coche, dónde las puse, joder, los gallumbos, llenos de sangre, y los lavé anoche, los únicos limpios, y saber que todo sería más fácil si no fuera por esta sensación de haberlo perdido todo por el camino, siempre al borde de las cosas, de los pequeños abismos…

6 de julio de 2015

EL CHARCO DE LOS DÍAS


Aquí adentro es diferente. Echo de menos a Osho, eso sí. Todo cambia, aquí adentro. Para que nada cambie, tal vez. Pero mucho mejor, la verdad; lejos de todo. Sin nervios. Todo el día para mí. Todas las horas de cada día. Al menos no hay moscas que me toquen las pelotas a la hora de meditar. La residencia está limpia. Mi esquizofrenia mejora, o eso dice la psiquiatra, mirando al suelo.

Y sin embargo, cuánta bajeza, todavía; cuánto por dios y cuánta flema arrojada al charco de los días que nos preceden, siempre tarde, para todo, ya. Me voy a pudrir aquí. Y lo veo en los demás, pobres infelices tutelados, pobres locos que no verán otras paredes antes de morirse en esta jaula. Uno sabe cuando entra, pero rara vez se sale… Al menos se está bien. El peligro quedó afuera, tanta gente vulgar de esa que vive y siente sin más, sin consciencia de ese Todo universal cuya energía nos engloba, nos hace ser; el Ser de luz del que formamos parte como un mosquito en el ámbar. Lo aprendimos en el curso intensivo de vibración interior consciente. Gente de energía sucia, de vibraciones divergentes. Gente errática y nerviosa. ¿Qué culpa tienen ellos? Pero así no se puede, aunque uno lo intente a cada rato. Relax. Om Mani Padme Hum. La respiración, siente la respiración. El aire que entra, el aire que sale. Cuida tu  espíritu, tu cuerpo es tu templo.
 
Aquí es diferente. La neurosis controlada. Las voces se callan, a ratos. Le cuento a la psiquiatra que ya no es tanto, que no las oigo. Y es verdad, pero sólo a ratos. Y ya no me atan para dormir. Una recuperación inaudita, según la psiquiatra. La rutina me ayuda. Los horarios previstos. La Tere me ducha por las mañanas. Lavarse los dientes, cambiarse la ropa. Deslizarse en zapatillas hasta el comedor donde todos engullen y dejan caer sus babas en el cuenco de la leche desnatada. Desayuno ordinario, tostaditas con tomate; del ecológico, ¿te acuerdas, Tere? Claro, hombre, para ti del ecológico. Lo guardo aquí mismo. Viene el repartidor cada mañana para dejar tu tomatito ecológico para las tostadas del desayuno. Acábatelo todo, ¿vale? La Tere es un sol, aunque me mienta y se ría de esa forma, las tetas saltándole detrás del uniforme… Habrá que mirar al suelo, serenidad. No desees. Om Mani Padme Hum. Pero cuánto horror y cuánto buenos días, cómo va eso, Tomás, con las manos sucias, con la voz intranquila y grotesca. Cuánta falta de serenidad. Somos lo que hacemos y no vaya uno a buscarle los tres pies a la existencia porque las respuestas acaban estando en el frenopático o en el cursillo de Reiki por Internet. Despertar en otra consciencia de mí mismo: reprimo mi ego, me busco negándome, los chakras alineados con sus circulitos de colores, las emociones pautadas, cuidado con el karma y los argumentos que relatan tu salvación o tu condena. Hilos con que cosemos un mundo que se desgaja ante nuestros ojos, el efímero remedio que nos salva de la nada más absoluta. Así acabamos, porque uno está lleno de paz y lo intenta cada día, mientras medita bajo el árbol donde Alfredo se tumba a hacerse las pajas después de comer.

Me reconforta la meditación de los domingos. Mi cafetito por las mañanas pautado por la psiquiatra, mi yogur antes de dormir, mi yoga de media tarde. Mi platanito para el potasio, mi cantidad diaria recomendada de vegetales crudos. Uno lo intenta, se lava con la sal del Himalaya, se exfolia con el barro del Mar Muerto. Todo sea por los poros abiertos y la oxigenación profunda de cada célula de mi piel. Cuidarse por dentro, alinearse por fuera. Eso sí, mi cigarrito a escondidas antes de dormir, en la ventana, tras la cortina, que no me vea el vigilante. Hace la ronda las horas pares. En las impares le como el coño a una vieja a cambio de unos cigarros que sólo dios sabe de dónde saca. Algunas noches hago turnos. A mí no me dejan fumar. A la hora del tabaco, no estoy en la lista. Hay que joderse, aunque sea de ley que después de quemar mi casa no le dejen a uno jugar con fuego. Las putas moscas me tocaron las pelotas. Y uno revienta. A la mierda con todo. Cosas que pasan, joder… Con lo que me cuesta el incienso del Nepal y los aromas de las flores de Bach, para que vengan las moscas a invadir tanta pureza. Mi casa es mi templo. O al menos lo era.

Debí haber meditado esta tarde, uno es lo que hace. Mejor no pensar, mejor desviar la mente, apagarla sin más. Om Mani Padme Hum. Sentir la respiración, cerrar los ojos en el banquito del jardín y olvidar el mundo material que nos rodea, la señora del abrigo sintético que viene los martes a ver al Pedrito, el hombre que corre a apretar el botón rojo que sólo él ve en la pared para salvarnos del fin del mundo. Genaro guarda cosas en los bolsillos y le registran cada dos horas. Diógenes. Lo atan para dormir. El puto gordo de la habitación de al lado que cree ser una ameba y se arrastra con sus flagelos  por el suelo del comedor, buscando charquitos de babas y zumo del desayuno. Gervasio Tudela se come la mierda que caga y Vicenta vomita por placer. Voy perdiendo el olfato por semanas. Cuánto horror y cuánto ser vulgar que se defiende de sí mismo, sin consciencia del Todo, sin saberse parte de nada. Om Mani Padme Hum. Los ojos cerrados. Postura del loto. Recita tus mantras, apaga tu mente, las emociones que sufres. No desees, no imagines. Echo de menos a Osho. Cuánta gente que tose, cuánto viejo que escupe por los pasillos. Cuánta falta de autoestima. Porque somos lo que hacemos y cuánta gente echando la latita en el orgánico. Peor que los animales, ¿verdad, Osho? ¿Verdad que sois mejores que nosotros? ¿Eh que sí? Toma tu pelotita.

Momentos de lucidez, a eso debe aspirar toda persona que se estime. Momentos de conexión. Y sin embargo, cuánto desapego de la esencia, cuánto desgarro. Cuánta derrota ante el peso de los días, la gravedad de lo material y otras leyes que nos apegan al suelo, cuánta espalda encorvada, cuanta mirada clavada en el barro que pisamos. La espalda recta, por dios. La frente alta. Erguidos, el rictus firme y sereno. La vida es una actitud, lo reveló mi última consulta del I Ching. Y yo sin mi baraja del Tarot. Se la quedó la psiquiatra. Le hablé de la terapia Ayurveda, le duele la espalda. Lo vi en su postura. El tercer chakra, supongo. La integridad espinal. Homo erectus, no te olvides. Echo de menos a Osho y los viernes de acupuntura. Hacía años que no veía a un doctor. Descreo de ellos, de sus consejos, todavía. Pero hay que pasar por el ojo de la aguja, tragarse las pastillas, respirar en paz. Parches, sin más; no atacan la causa primera del desarreglo, que siempre es emocional. Después está la Bayer y el resto de farmacéuticas. Cuánta falta de ética. Y las vacunas, mierda en las venas. Ya pasó con la heroína y ahora la metadona, las pastillas, el somnífero de caballos. Qué asco de botellón. Qué involución de la especie, que atontamiento del personal, los mass-media, sus valores y veintidós tíos en calzoncillos detrás de la pelotita. Mataría por un concierto de cuencos tibetanos con sitar, me llenan de paz el alma…

Om Mani Padme Hum, Tetrazepam y otras drogas, a las mismas horas, cada día. Sábanas de contención. Olor a mierda y lejía. Así no se puede. Peor eran los coches, es verdad, sus ruidos, los niños de los patines, la pelotita de fútbol que se me clava en la sien. Aquí dentro hay silencio siempre que Encarna no grite, que Paquita no se pase la mañana dando los buenos días y que a Romero no le dé por darnos un recital de coplas. Entonces me voy al árbol y juego con Osho, aunque Osho no esté y uno sepa a ciencia cierta que murió en el incendio. Pero qué importa si vivo con gente que come sus mierdas y se hace pajas en el césped del jardín. Cada cual a sus cosas y yo echo de menos a Osho tanto como ese amor global que aflora en cada célula, en cada átomo, en cada pincelada de luz que el sol nos regala. Le lanzo la pelotita y él me la devuelve. La vida es eso, y saber reconocerlo, saber asomarse a una flor y oler el aroma del mundo en el dulzor del polen que exhala. Se ríen, entonces, pobres locos, cuánta inconsciencia. Pero tampoco molestan, pobrecitos. Y tal vez no lo merezcan, por mucho que digan las voces. Ellos no tienen la culpa de tanta bajeza, de tanta flema lanzada al charco de los días que se remansan en esta orilla apartada del mundo. Las voces se callan, a ratos. Pero a veces las escucho de regreso, acercándose, se meten adentro, me gritan: quema el colchón, a la mierda con todo… Cuánta bajeza, por dios, cuánto mosquito tocándome las pelotas, mi cigarrito de antes de dormir, el mechero azul que escondo tras el lavabo, el humo saliendo por la trampilla superior de la ventana. Las cortinas blancas. Son las once. Las auxiliares cenan. Las voces me gritan… A la mierda con todo.


18 de junio de 2015

EL LADO DE ACÁ DE LOS ALAMBRES

Y tengo ardor desde entonces. Cada mañana. Allí no había otra cosa. Comida grasienta, comida de mierda en bandejas de plástico. Todavía me despierto con reflujos. Me incorporo. Escupo. Toso. Me enciendo un cigarro y la inercia del día me lleva al banquito del parque donde las horas pasan entre comida y comida, entre toma y toma de pastillas. A veces me vuelvo a la cama y ya no consigo dormir. Café con leche. Magdalenas. Y muchas horas en blanco que habré de llenar con algo. Como en patio del módulo. Dios dirá.

Pero hoy me he dormido. Joder. Toda la noche en el techo, la radio, las revistas, la nevera, los cigarros en la ventana. Reabriendo los cabos sueltos, rascando las viejas heridas. Ordeno fotos, saco fiambreras, releo revistas de moda con las páginas pegadas que me pasa la tía Geles. Somníferos a las cuatro y me despierta el reflujo a la una; ya es tarde, el ambulatorio… Había quedado a las nueve. Asco de insomnio, asco de pastillas. Uno esperaría que todo hubiera cambiado, que la vida se abriera como una naranja por la mitad chorreando desde adentro. Que se rompiera la cáscara y uno empezara a ser ese yo mismo tan deseado, cuando salga de aquí, decíamos, cuando esta mierda se acabe. Pero todo es igual, en esencia. Gente hacinada en sus casa, recluida en sus costumbres, la novela de la tarde, la revista de los lunes. Repitiendo, sin saberlo, el mismo día, uno tras otro. Presos de otras cosas, pero presos.

Y así se asume la certeza de que estar libre debe de ser algo más que estar encerrado aquí afuera, al otro lado del muro, con horarios controlados por otros carceleros; a las ocho el desayuno, a las nueve el ambulatorio, el jueves lo del paro. Pronto se descubre, sin asombro, que todo discurre por los mismos cauces y uno se siente tan preso como entonces. Salvo por esta plantita, colgando en la ventana, entre el ruido del taladro y la acidez; entre el punky que grita en la esquina y la señora del carro de la compra que ya ha pasado tres veces con un cigarro en la boca; buenos días, buenas tardes. Porque ya la tarde está ahí, junto a esa sensación aplastante de haber perdido tu día, aquello que ayer era tan precioso, tan lleno de sueños y listas de cosas por hacer; tan en blanco cuando me acosté, mi día, mi mañana prontito, y ahora sólo el ardor, la tarde acechando, la mañana perdida. Se escurre el día como arena entre los dedos, los relojes chorreando ante mis ojos. Adiós al ambulatorio. Cerraron el banco. Abrirá el estanco, más tarde. Siempre nos queda comprar tabaco en el bar y el día que se abrirá otra vez mañana como un abanico, inocente, sediento de paz y tareas por hacer. El baño limpio; la nevera ordenada. Pero eso será mañana, que llegará para resarcir el día perdido que arde con el sol del mediodía; mañana vendrá para compensar lo que somos, si no me duermo otra vez y a la mierda otro miércoles cualquiera de cualquier mes. Siempre nos queda mañana, como un consuelo aplazado.

A la mierda ya las cosas por hacer. Me comería un kebab; más tarde. Cuando el ardor... Primero un café. Omeprazol. Voy al baño. Y esa pequeña flor en mi retina, venciendo al tiempo, al exceso de agua en el macetero, al viento del lunes, a la sequía impuesta por mi falta de memoria. Siempre me pilla en el parque o ya me acuerdo en la cama. La plantita me perdona -tal vez el sol, tal vez el agua- me mira a los ojos, fijamente; me sonríe con su flor, una flor roja y pequeña que es toda mi victoria contra esta sucesión de sinsentidos y papelitos a medio escribir amontonándose en la mesita. La flor y su persistencia contra el moho de la tierra empapada. A veces no llego; a veces me paso. Semanas sin regarla y, de repente… Así se te pasan las cosas, así se te pudre el rosal y la poesía, así se empapan los libros en el bidet, los colores en la ventana, los días que despilfarras a manos llenas, desde entonces. Y sin embargo, la plantita que es todo el horizonte de esta casa sin balcones; la plantita, la maceta y esta flor que se abre al sol de la ventana. Y en ese instante todo acaba por encajar como un puzle, cada cosa en su lugar, nada es inútil, nada es en balde. Cada estímulo forma parte de un engranaje total, de algo que acaba por dar sentido a tanto desconcierto. Por un breve instante uno intuye esa red invisible, esa razón total de la existencia cuya única evidencia es esa flor amenazando, con su sola existencia, los límites del caos que la rodea. Cae la trama, al suelo el telón, la madeja que me envuelve con sus miles de hilos, de porqués escamoteados, de nudos fugaces que tejen esta tela donde vivimos perdidos y nos cortamos el pelo cada dos meses. Pero ahora tengo hambre y habrá que salir de casa.

Vuelvo a perderme para ir al Kebab Paradise. Esta gente nunca cierra. Tabaco y comida; olvidé el Omeprazol en la mesita junto a las otras pastillas. Mañana, la nevera limpia. Palabrita del Niño Jesús. A la mierda ya las cosas por hacer. Mañana será otro día. Y pasado lo del paro. Palabrita. Por éstas que son cruces. Abdu me cuenta por quinta vez lo de su padre, lo de la carpintería, lo de sus cabras, lo de la leche desparramada, su padre con la vara dejándole el culo en carne viva. Yo madera, yo puertas, mesas, yo mucho correr, tú sabes, mi padre con madera… Muy buen tipo. Fumamos porros, a veces. Me sirve el kebab mientras me habla. Con queso. Picante. Salsa blanca. También, échale lo que sea. Dios sabe que lleva… A estas alturas con reparos. Las cabras, la leche, el culo en carne viva. Lo repito como un mantra, volviendo a casa, restregando la suela contra la acera: asco de señoras con los perros y sus mierdas y su puta madre. La gente me mira; los niños se ríen saltando en los columpios. Y el ardor que me devuelve a mí mismo, a mis miedos y mis dolores. Puto café, puta ansiedad, putas pastillas que no me he tomado. Puta memoria, porque me vuelvo sin el tabaco y habrá que volver al Kebab Paradise; otra vez las cabras y la leche; otra vez el culo en carne viva. Otra vez el sobaco de Abdu chorreando sudor sobre el tomate en rodajas y los vasos de plástico apilados en el váter. Después de salir del talego, pocas cosas me dan asco.

Del kebab a casa. Del comedor al chabolo. La llave echada, un potaje de garbanzos atufando en la escalera, los niños jugando al fútbol en el rellano. Huele a lejía en el segundo. Mi provisión de tabaco. Aguanto así hasta mañana. Hoy ya no salgo. Ya está. Aquí o en el parque. Patio o chabolo. La misma cárcel con otras paredes. Tal vez el mismo muro basta para mantenernos presos a ambos lados de la valla; los mismos alambres de espino, suficiente simulacro para crear la ilusión de que algo es diferente. Pero todo es igual, aquí a fuera. Mis pastillas, mi banquito. Salvo por esta plantita que vuelvo a regar, pobrecita, tostándose al sol en verano, demasiado, tal vez, para ella… 

Mi planta contra el humo de los coches, creciendo contra el asfalto, mostrando al sol su esplendor y mi victoria; esa flor roja, impasible, abriéndose paso hacia el cielo, arañando su volumen contra el aire y las palomas, abriéndose en la ventana donde fumo y miro pasar la vida, los coches, personas que dicen ser libres -muchas incluso lo creen-, ordenando sus listas de la compra, tomando decisiones importantes como si algo pudiera ser decidido, como si no nos bastara la lluvia o una llamada a destiempo para mandarlo todo a la mierda y quedar sometidos a nuestras propias miserias. Gente que pasa complaciéndose en su civismo y en sus altos valores morales; carceleros de sí mismos conteniendo sus deseos y miserias. Gente que me lanza un mechero desde la calle para que encienda un cigarro. Mechero no tengo, joder. Habrá que salir y comprar, otra vez; cuando sepa que es salir a ciencia cierta, porque estar dentro o estar fuera no significa gran cosa del lado de acá de los alambres, donde las personas releen el periódico de ayer y echan la lotería cada miércoles. Las pastillas a su hora; puto ardor por las mañanas. Puta mierda de comida en lata; puta mierda de comida en bandejas de plástico y sillas atornilladas al suelo. Asco de migas en el sofá. Allí no había otra cosa. Tampoco aquí. Y tengo ardor desde entonces.

28 de octubre de 2013

TEORÍA Y PRAXIS DEL DESEO

Pide un deseo y sopla con fuerza. Así uno vuela con la pestaña que avanza hacia eso que llamamos mañana, porque mañana será otro día, el esbozo de un quizás, esa espinita clavada en la costilla del día que vuela. De algún lado oscuro del deseo debe de venir esta desprestigiada costumbre de recoger plumas en la acera o retazos de baraja. Y no es que se vaya a cumplir el deseo, pero uno le guiña un ojo a la vida, quién sabe, cosas más raras se han visto: sopla con fuerza; pide un deseo. Si lo dices no se cumple. Como niños ante una tarta de chocolate, se cierran los ojos, se llenan de aire los carrillos. Y el futuro se abre como un álbum de cromos al otro lado de los párpados. La posibilidad de todo lo deseable. Desplegamos todas las vidas posibles, elegimos la carta, soplamos con fuerza. Las velas se apagan. Y así el deseo va manteniéndonos vivos más allá de hoy, más allá de las velas; soplamos con fuerza contra los días, transitamos ese paréntesis que abrimos en la sintaxis que nos ordena en este presente perpetuo. Y así habrá un mañana que nos sienta desde adentro, el grito de las entrañas que nadie escucha, ese soplar con fuerza contra el miedo a soplar con fuerza y desear con ganas. Buscar la hendidura en el muro que tal vez no conduzca al dolor, a lamerse las heridas en el baño o a bajar la basura los domingos después de lavar el coche. Apagar el deseo es eclipsar el dolor con calmantes, contarnos un chiste cuyo final ya sabemos y esperar que nos haga gracia. Eso somos, sombras que desean, fantasmas que sienten y deambulan por sus sueños como esos funambulistas  que se balancean en la cuerda, no mires el suelo, cuida tu miedo, gritan todos desde abajo. Pero habrá que sentir el aire fresco contra la cara para saber que uno estuvo arriba, oteando los tejados. Caer no es más que el primer síntoma de que se estuvo a punto de tocar las nubes con la yema del índice; de este vicio de sentir que a veces nos desequilibra y allá vamos a caer con todo el deseo sobre nosotros mismos y nuestras culpas, nuestras heridas abiertas de par en par, lo ves, te lo dije. Y tal vez es verdad que el deseo suele aparecer demasiado a menudo en forma de pluma arrugada, en cualquier bolsillo, mientras descubres que no tienes ni para el metro pero conservas un cigarro arrugado a medio fumar. Toda mi fortuna en un bolsillo donde guardo el azar y las colillas. Y, sin embargo, atentaría contra toda esencia de humanidad encontrar un diente de león y pasar de largo, no cerrar los ojos, soplar con fuerza, a pleno pulmón, sentirse borracho de deseo, ver como se despliegan esos pequeños paraguas de algodón contra la vida, contra los días que vienen y han de llegar sí o sí, con toda su lógica aplastante, con sus facturas mensuales, con sus fiestas de guardar y sus cervezas calientes. Habrá que agacharse en medio de la calle y darle la vuelta a una carta que media ciudad ha pisado, porque puede que sea otro diez de tréboles y que acabes  preguntándote qué mierdas haces con cuatro cartas iguales si en tu vida has jugado al póker; tentar a la suerte en cada gesto del día como un tarado que pisa sólo las baldosas negras. Apostar a la vida, quemar las naves en cada estrella fugaz. Y habrá que pedir el deseo mientras pasa la estrella porque, si no, gana la banca y somos irremediablemente consumidos por el fuego del tiempo y de las costumbres, apilados en andenes en horarios regulares, conformándonos con la mecánica diaria de nuestras piernas y nuestros trayectos. Al menos vivir y equivocarse. Al menos el deseo que nos rescata de Sísifo subiendo cada noche la misma piedra que echará a rodar ladera abajo, cada mañana. Pide un deseo, sopla con fuerza…