3 de noviembre de 2010

ESTOCOLMO Y OTROS SÍNDROMES

Será del trabajo. Pero hoy no vas. Te quedas. Dirás que estás enfermo, cualquier cosa.

Mientras me observas te miro. Despiertas. Regresas de algún lugar. Recuerdas. Te reencuentras con el espacio que te envuelve. Te retuerces cuando juego con los dedos de tus pies. Tienes cosquillas, parece. Vuelve a sonar tu teléfono, pero hoy no vas. Te quedas aquí, conmigo. Dirás cualquier cosa, esta tarde. Lo dejarás sonar hasta que se cansen.


Atado a mi cama, a esta hora, te atraviesan mil puntos de luz. Dulces heridas de sol, de la persiana a tu torso. Atado a mi cama, impotente, como un San Sebastián de esos cuadros que se cuartean en los libros de arte. Te ves diferente. Sería mi escote, tal vez. Anoche me hablabas como quien lee un libro cuyo final ya conoce. Y diste con tus huesos en mi cama. Previsible, arrogante. No sé si eres así.


Tenemos todo el día por delante. Dueños del tiempo. Te daré el desayuno en la cama, te leeré el periódico. Dos terrones, un café, zumo y tostadas. Hay tiempo, no hay prisa. Vamos a conocernos, lentamente. Comentaremos los programas matutinos, amarrados a la cama, el uno al otro, felices los dos, conociendo nuestros miedos, nuestros mitos y fracasos, nuestros sueños, daremos inicio formal a esta historia de lo nuestro, de lo que será irremediablemente, hablaremos de nuestros nombres, nuestros trabajos, nuestros estudios, hablo tres idiomas, he visitado una incontable lista de ciudades y culturas, acumulo recuerdos y facturas, leo el periódico empezando por la última página. Comenzaremos hoy esta agradable rutina de estar juntos, conociéndonos, sabiéndonos, limando nuestros bordes, delimitándonos, reconociéndonos entre los demás, los que circulan penosamente al otro lado de la persiana. Te acercaré los cigarros a la boca. Haremos fotos, las pondremos en nuestras carteras.

Tenemos mucho que contarnos, todavía, antes de que todo esté ya dicho, o ya no merezca la pena decir nada. Haremos planes, elegiremos el color de las paredes, las cortinas, los sofás. Nada debe salir mal. Pondremos nombres a los niños. Iniciaremos costumbres. Proyectaremos un futuro de calmantes, fútbol los domingos y niños con anginas por las noches. Prométeme que no vas gritar cuando te quite la mordaza. Lo hago por nosotros, por lo nuestro. Y sólo saldremos de aquí cuando, por fin, podamos decir que estamos locamente enamorados.

(Publicado en Revista Culturarte)