12 de noviembre de 2010

TRISTEZA POST-COITUM

Tras el naufragio, me das la espalda. Yo lamo tu cicatriz. Un tótem. Un interrogante salado en tu hombro, y se me ha metido arena en las encías. Tu cicatriz es la x, un origen desconocido por mí que habría que despejar, con más tiempo. Pero es tarde y nunca sabré a qué equivale ese algo que une mis límites a los tuyos, cerradura por la que empiezo a formar parte de tu carne y de tus flujos. Una isla que forma tu piel en la noche para que yo, Robinson de baratillo, camisa del Zara por dentro del pantalón y colonia del súper, encuentre una orilla. Tú callas, o escuchas. Puede que llores, tras el naufragio. Después fingirás que me miras, que arrastrarme desde la barra del chiringuito a la playa no ha sido tan mala idea, después de todo. Fingirás que tienes prisa, o sed, tras el naufragio.

Lanzo botellas al mar de tu espalda. Impenetrable, inmenso. Recorro tu columna con mi dedo. S.O.S. Zozobra. Sálvese quien pueda en las costuras de tu traje. Deriva, como un animal herido, ladrando, perdido, buscando anclajes para asirme a tus costillas, todo negro tras tu pelo, y luego me obvias al ritmo de esas olas que nos van dejando atrás. Detrás de la carne y los dientes y la lengua, tal vez más allá de la saliva exista la última salida, la última verdad, la última respuesta a todas las preguntas y esperanzas, despejar todas las x. Lo leí de niño en la pizarra. Las equis son la incógnita. Tus ojos. ¿Dónde has estado todo este tiempo? Diría, patéticamente, otra vez, si no fuera por eso que está llegando y viene después de todo, la incógnita, la herida en el pecho, las leyes, los adioses, es tarde, dos besos. Las equis son la incógnita, y están todas ahí. ¿Dónde han caído mis bragas? La sangre desfilando por las venas, los pasos y el asfalto son la incógnita. El hambre, la conciencia, los zapatos, el olor que te relamo tras la oreja, creo que olvidé el gintónic en la barra, la arena en los zapatos es la x, y estaba entero, joder.

Tras el naufragio me obvias. Te vuelves olvidando por momentos mi presencia al otro lado de tu espalda, callando qué íntima venganza se acaba de consumar, dios sabe. Náufragos ansiosos por volver, por ser rescatados, te subes las bragas, camisa por dentro del pantalón, volveremos a perdernos con la gente, te arreglas el pelo. Y de nuevo a formar parte de absurdos bailes colectivos, todos en círculo y dando palmas, los éxitos del verano, los éxitos del verano pasado, miradas cargadas de semen contra miradas esquivas, a estas horas de la noche sólo hay borrachos y salidos, hija mía, qué le vamos a hacer, todo el pescado vendido, qué pecado, no te oigo, buscando una salida como esos pájaros que no saben salir de la casa en donde se metieron por error y se estrellan contra los cristales de las ventanas, ojos que se buscan y se obvian en este vaivén de vasos que hacen girar los hielos en el sentido de las agujas del reloj, masa informe de cuerpos sudorosos de la que huías hace un rato agarrándome bien fuerte de la mano, acompáñame un segundo tras esas hamacas.

Y de nuevo cada cual con sus amigos, cada cual a sus pequeños ritos, para que todo vuelva a ser como antes, pero ahora ya sin esas terribles ganas de follar o vengarte de dios sabe qué, olvidarte de todo, por un momento, dios sabe. Dónde estabas, preguntarán tus amigas, desde cuándo vuelves a fumar; meaba, pensaba, contaba olas. Anímate, tonta. Te has puesto triste otra vez, pásalo bien, aunque sea una noche, conoce a algún chico, no sé... ¿Otro roncola?

Tras el naufragio, te vuelves, y callas. Me das la espalda, y cada cual va regresando lentamente a los bordes de su cuerpo, a la propia piel como última frontera, al plan de sus quehaceres cotidianos, a pedir cubatas en una barra atestada, a todas las preguntas sin respuesta; mañana: llevar la ropa al tinte, llamar a mi madre, sacudir el polvo de las cortinas. Despejar otras incógnitas. Las equis a este lado del igual, al otro lado tu espalda. Al cuadrado la ansiedad de no hallar solución en este sistema de ecuaciones que ordena el mundo y le pone nombre a las cosas, de saber a ciencia cierta que, llegado el momento, cuando despeje la x, habrá que encontrar la y. Y nadie preguntará si volveremos a vernos, porque a ninguno le importa otra cosa que el rescate.

-Lo siento, después de todo, me pongo triste. Ya sabes.

-Te entiendo. A veces pasa... ¿Fumas?