7 de agosto de 2018

EL REVERSO DE LAS PALABRAS

Nos habitan multitudes. Nos susurran las sombras. Nos persiguen voces muertas, postergadas, escondidas en tal o cual recodo de las palabras, de las cosas, de los lugares. Y en cualquier esquina queda agazapado el tajo por donde asoma lo que quisimos decir y jamás ya diremos. Y en cualquier palabra habita la incertidumbre, la felicidad o la desdicha que nos nombra como una etiqueta mugrienta en un vino agrio. Nos habita un vecindario de fantasmas que reaparecen y se esfuman. Guerrilla de bramidos que no dicen nada. Hordas de sustantivos que se atrincheran contra el mundo; una jauría de verbos que construyen con cada ladrido todo aquello que, por ahora, intuimos verdadero. La verdad resuena como un cántaro de barro. Contenedores de vacío. Globos de helio escapando a la gravedad. Y nada más grave que esta nada, que este grado cero de la ausencia en las palabras que nunca dijimos pero creemos que hablan por nosotros mientras escapan de nuestra boca. La realidad que heredamos como una lengua materna o un apellido que nos señala.

Atravesados por el silencio. Lacerados por un eterno vaivén de mentiras que nos empujan contra una esquina y nos desarman de contenido. Verdades a medias que alguien nos cuenta al oído. Promesas tendidas con pinzas al viento que nos mueve y desordena el mundo que sucede al anterior. A cada golpe de segundero un nuevo mundo que se reordena, que corrige al precedente y lo desmiente. Una nueva realidad que nos reta y nos acusa.

Y así nos oímos hablar con ese sinfín de voces que no son la nuestra. Certezas que se repiten y se muerden la cola, eso tan obvio que nos recorre los huesos como termitas, como carcoma en los tuétanos; verdades que se amurallan y se erigen como obeliscos en nuestro estómago. Algo visceral, en las entrañas, tanta voz que se solapa, tantas sentencias que se entrecruzan y chocan y hacen vibrar nuestras cuerdas vocales. Y vaya usted a saber qué quisimos decir cuando dijimos con un café me basta, hasta mañana, se te quedó mayonesa en la comisura. Y vaya usted a saber quién ordenó por mí tanta sílaba para decir justamente lo que no dije. Desvelar el reverso de las palabras, el lado de allá, la espina dorsal que las sostiene frente a nosotros. Revelar el simulacro. Que suba el telón y caiga el decorado como ladrillos informes que jamás construyeron nada. Solo en nuestros ojos existe el mundo porque ellos lo crean con la mirada, porque lo escucho, porque se fija a mis retinas, se adhiere a mi piel y a mis pisadas, porque lo siento nacer cuando lo nombro y lo veo florecer en el dorso de mi mano cuando rozo con los dedos la pared que voy dejando atrás mientras camino.

Transitamos los cascotes de un mundo que está a punto de renacer. Nos nombran las voces muertas, la promesa de otro mundo que vendrá a suplantar la verdad en cuanto aparte la mirada de esa mancha en la pared que se derrumba. Y en ese zigzagueo deambulamos por los escombros de nuestro lenguaje, sobrevivimos a esta impotencia de nombrar, destejemos los remiendos de ese telón de fondo por donde se filtra la luz que destila esa otra verdad a medias que está por venir.