11 de diciembre de 2015

LA LÁMPARA DE DIÓGENES


Pero yo no me encuentro nada. Son las cosas, que me encuentran. Tropiezan conmigo en la acera, entorpeciendo la puerta del súper, arrinconada en el vagón del metro, en la barra, junto a la puerta que se abre en cada parada. Ya soy vieja y me cuesta arrastrar muebles y cristales. A veces deseo no encontrar nada. Camino mirando al suelo. Las cosas me encuentran. Y ya soy suya. Las cosas me poseen. Cuidado con los frenazos, cuidado con el carrito, cuidado con empujar a la chica de negro, los seguratas del fondo que me observan. Los zapatos dicen todo de la gente. Chanclitas, botas, juanetes. Zapatillas deportivas. Y todo acaba cuando una le pilla el gusto a esto de inventar las caras de la gente por su calzado, cuando se abre la puerta, aquí me bajo, qué escalera debo tomar, la trayectoria más recta, la distancia entre dos puntos… Siempre la más corta, pero nunca la más bella. Así que suelo darme al deleite urbano de perderme en barrios que desconozco.

A alguien se le olvidó pensar en el gusto de perderse por simple inutilidad geográfica, por el sencillo placer de ir encontrando lápices, botones, pequeñas piezas de puzle que guardo en botes que suelo perder por la casa. Las calles contra uno, paralelas, perpendiculares, el planeamiento urbano, el casco antiguo y su entramado lineal. Y vengo a salir justo donde no pensaba, justo andando en dirección contraria de como creía caminar. Y ya estoy perdida para el mundo, a merced del hormigón y de los pasos de cebra que son como líneas de salida hacia diosabedónde, a merced de lámparas casi nuevas junto a contenedores que hacen que me detenga, de carritos de bebé a medio usar; tengo cuatro, por si a alguien le hace falta. Perdida para mí, que no sé dónde estoy, si es que se está en algún sitio en algún momento.

Un imperdible en el suelo. Me paro, lo miro. Decido en fracciones que me agacho, que lo cojo, que la señora de atrás… Lo siento. Me encontré un imperdible. Y sonrío, contenta con mi imperdible en la solapa, con mi imperdible perdido, perdido y encontrado por mí, con una paradoja en sí misma enganchada en la chaqueta. Exhibiendo un hallazgo que nadie entiende. Como si a Howard Carter lo hubieran tachado de loco y a nadie pudiera contar las cosas maravillosas encontradas por él en la tumba de Tutankamon. Me gusta, en el fondo, sentir esta suerte de felicidad que un terapeuta tacharía de locura, por dios, no es sensato que ande usted recogiendo cosas, acumulando, diría. El apego, el desprendimiento, conceptos que suenan bien en su boca, ideas vagas, palabras vacías para quien encuentra un imperdible y celebra esa paradoja convertida en hallazgo, ese hormigueo…

A veces llaman y son los de asuntos sociales. Hacen preguntas, me dejan panfletos que guardo en carpetas, en la repisa del baño, sobre los botes de conserva. Hacen fotos. Mi bote de los imperdibles. Háganle una foto a esto, esto merece la pena. Es bello, miren. Se ríen. Luego se van y nunca se supo. Nunca vuelven con las fotos. Pero hoy es esta lámpara, a no ser que encuentre algo mejor y tenga que dejar la lámpara para coger otra cosa. Trenes que pasan, después llega el camión y se lo lleva. Lo rompen o lo queman, dios sabe. Da pena. Convertirlo todo en basura. Quién decide lo que vale y lo que no. Quién administra la utilidad de las cosas, el fin de su servidumbre, la muerte de una silla o un aparador. O esta lámpara con flecos. Es bonita. Parece nueva. Con una piña en la base. Bombillas tengo. En una caja. Con los cables. La belleza de lo innecesario, la maravilla del desperdicio. Hay gente que es capaz de ver más allá del lustre y la materia. Existe un verdadero tesoro escondido en lo más profundo de las cosas que nos encuentran por la calle, junto a un contenedor. Existe un tesoro que brilla en esta lámpara o que lo hará en cuanto llegue a casa y enrosque la bombilla y se ilumine la habitación, se ilumine el sofá donde leo revistas de hace treinta años, Gina Lollobrigida y Carl Gable…


La lámpara es grande. No cabe en el carrito. Así que habrá que arrastrar el carrito y la lámpara cuesta arriba, hasta la parada del metro, pedir ayuda para bajarla… Me cuesta una bronca con el vigilante del metro. Por fin dentro. Por fin calculando el trayecto más directo hasta mi casa; el menos bello, tal vez, pero el más rápido. Me meo. Ya estoy vieja para esto, me digo siempre. Mocasines. Hay gente que los lleva, todavía. Hay gente que aprecia aún… Qué te voy a contar. Llegar a casa, soltar la lámpara sobre un montón de ropa, correr hasta el baño. Me meaba viva. Esta toalla está sucia. Y así, buscando una limpia, empiezo a apilar ropa y cortinas sobre la lámpara. Después lo recojo, después lo ordeno, después busco las bombillas, dónde estará la caja de los cables… Después miro entre las cajas del pasillo, donde creo que está esa vajilla tan bonita que encontré; habrá que usarla, con su ribete dorado en el borde, tan nueva, tan sin usar, como estas cortinas, como este cuadro en blanco y negro de dos niños que se besan en un parque… Hasta que aparece aquella cajita llena de sellos, la cajita… Y así pasó la tarde, feliz, mirando sellos, qué poca luz hay aquí, tendré que meter en bolsas esta ropa de bebé, los calendarios pasados, con sus fotos tan bonitas… Cosas que aparecen sin buscarlas, que tropiezan conmigo cuando camino mirando al suelo, cuando revuelvo las cajas o el montón de las revistas. A fin de cuentas, yo no me encuentro nada. Son las cosas las que me encuentran a mí.