25 de abril de 2012

ESCOMBROS



…una herida íntima e inaccesible, como alguien que siempre lleva esa camisa de cuadros porque te sienta tan bien, dijo ella un día, y ese alguien lo admite como una de esas últimas verdades en las que no se puede dejar de creer; pero años después, la misma camisa, qué cursi me parece, dicen todos, y a uno lo hieren en lo más escondido de su persona, más allá de la camisa, de lo cursi o lo demodé; lo hieren profundamente allí donde qué guapo estás con esa camisa, mi amor, y otras verdades a medias que nos construyen, muros de palabras que se conforman en hitos de nuestras historias personales, un antes y un después de esta camisa. Las torres gemelas, pues sí, qué te voy a contar, da pena ver cómo los muertos se exhiben como las últimas ofertas en los escaparates, pantalla de plasma y montones de cadáveres y escombros, no vaya a ser que apartemos la vista de lo mucho que acecha ahí afuera, pero nada más; no hay más tragedia que cuando a uno le insultan en toda la camisa a cuadros, fea como ella sola, eso se sabe, pero Cronos se comió a sus hijos y eso sí es feo, joder, más que la camisa, y ahí, en los mitos, reside ese compendio de los que somos, esa suerte de radiografía o esbozo de emociones y mala praxis vital sobre la que unas civilizaciones engullen a otras y les hacen hablar en su lengua, y eso mismo sería la cultura, el estado embrionario de lo que decidimos ser si no fuera por esta camisa de mierda que te queda tan bien, mi amor, y otras verdades a las que no renunciaremos nunca, por falsas que sean, tan falsas como los mitos. Por eso pueden caerse otra vez las torres gemelas, pero a mí que no me hieran en la puta camisa que tan bien te queda, que te hace tan joven, mi amor, salimos fuera a cenar. Besas tan bien, y uno acaba por creérselo y muere besando de ese modo tan odioso; uno acaba recurriendo a las frases célebres de los azucarillos como a un mantra que se repite de cena en cena, como diría Oscar Wilde… Este poema… Es mi poema. Y uno se planta sobre este tipo de pilares inamovibles y duele que a uno le señalen que son tan falsos como la vida misma, que ese mantra repite la misma mentira que otro cualquiera, te puedes cagar en la boca de todos mis muertos pero no desmientas mi costumbre de andar pisando las líneas en los pasos de cebra, de recoger las plumas en buen estado, de hacer que aparezcan piedras con formas extrañas, esa forma de jugar al juego de las nubes, cansados de mirar el cielo, cegados de luz, miramos el suelo, buscamos su recuerdo en las aceras, piedras que quisieron ser nubes, nubes que cayeron al suelo y se convirtieron en piedra, como Ícaro que quiso ser nube y acabó siendo agua, como la arena de la playa es piedra soñando licuarse. Y es así, aunque pasen los años y esas costumbres se conviertan en piedras que a veces se instalan en la acera, en el riñón o en la vesícula, beba mucha agua, pero en ningún caso siga buscando nubes en el suelo, y es en balde porque oteamos el milagro entre los cascotes del derrumbe, lo escuchamos golpear en los escombros, allá en el fondo, escalando por el recuerdo que guardamos de su presente, lo que quedó del lenguaje, la efímera verdad que vamos reconstruyendo, eso que debería parecerse a lo que fuimos, hecho piedra y escombros en el riñón, las torres gemelas, va a tener que beber más agua y otras tantas mentiras que vamos guardando en los cajones y van convirtiéndose en heridas, íntimas e inaccesibles…