18 de mayo de 2012

CINCO MINUTOS

-Cinco minutos.
-Sí.
-Bueno, a veces es demasiado.
-Cierto.
-Voy a escribir tu nombre en este papel, ¿sabes?
-¿Así? ¿Y ya está? No te precipites, anda…
-No te rías. Lo voy a hacer. Tú haz lo que quieras.
-Es algún tipo de estrategia, ¿no? Ya sabes. Atacar directamente a la presa. Clavar un clavo ardiendo en la pared para que yo me agarre.
-Somos humanos. Somos así.
-Ya.
-De todos modos, voy a escribir tu nombre.
-Mi número. Somos números. Mira.
-El siete. Me gusta.
-¿Una especie de señal?
-Tal vez…
-Eres un puto friki, ¿sabes?
-Son las gafas.
-Tal vez…
-No me imites, que me doy vergüenza. Escribe el cuatro.
-Me gusta. Es par. ¡Mesa para cuatro! Genial, las mesas son cuadradas… ¿Mesa para cinco? Pues ya, mal; a uno le va a tocar esquina, ya sabes…
-No te rías. Vámonos.
-Pero ¿dónde vas?
-Nos vamos. Ya.
-No se puede abandonar a mitad. Son las reglas.
-Pero no quiero exponerme a verte salir por esa puerta con cualquier imbécil.
-¿Haces esto en todas las mesas?
-Claro, me dedico a esto. Acudo a  estas cosas de citas a ciegas, hechizo a mujeres, las conquisto poco a poco, conquistar como los romanos, ya sabes, ocupando espacios, lentamente, anexionando fronteras… Hago que todas me elijan a mí. Después, me voy. A mi casa.
-Anda, un bromista…
-Reírnos… Es lo que nos queda, la última victoria…
-¿Humorista?
-No. Le quito polvo a los libros.
-¿Ama de casa?
-Muy graciosa. No, bibliotecario. Archivista.
-Apilas papeles.
-Puede decirse así. 
-Ya.
-¿Y tú?
-Pues nada. Conquisto hombres, así un poco como… Atila. Sí…
-El rey de los Hunos…
-Justo. Pisando flores, rompiendo jarrones. Entro en sus vidas como elefante en cacharrería. Si son mayores, mejor. Se dejan mejor, rinden sus armas…
-¿Por qué te burlas de mí?
-No, en serio. Bromeo. Me haces gracia.
-Si las haces reír, está todo hecho…
-Gran mentira.
-Otra gran mentira.
-Pues sí, porque a mí Woody Allen me da risa, pero ya ves…
-Claro. No te fíes de nadie que se folla a su hija, ¿no?
-¿Haces broma de todo?
-Qué remedio…
-Suena derrotista.
-Dijo ella, sin ánimo de hacer bromas…
-Eres un caso.
-Díselo a mi psiquiatra.
-Eso también es broma, ¿no?
-No, en realidad soy patológicamente obsesivo. Regreso a casa varias veces para ver si el gas está cerrado. Voy a ponerme vitrocerámica, ¿sabes? Pero mientras… Es un infierno. La luz, el grifo que gotea…
-¿Hablamos en serio?
-Prueba.
-Así que archivista.
-Sí.
-Seguro que vives en una especie de santuario, rodeado de libros…
-En mi casa no hay más libros que los diez o doce de los que nunca podría deshacerme. Y nunca los leo. Son objetos. Llenos de recuerdos, nostalgia… Polvo no tienen, eso sí. Defecto profesional.
-¿No tienes libros?
-No. Los regalo. Los dejo en el autobús, en el asiento del metro… Seguro que alguien los lee en algún momento.
-Que optimista.
-Sí… Cuando voy de viaje me llevo un par y los voy diseminando…
-Como flores en el prado del mundo…
-No te rías. Eso es verdad. Tal vez la única que te cuente. 
-Lo siento. Frivolizaba…
-Claro que antes hecho un poco de Antrax entre las páginas más pecaminosas. Putos herejes…
-¡Cabrón!
-Donde las dan… Pero en serio, no conservo libros. Polvo y palabras, al fin y al cabo…
-Que viene a ser lo mismo.
-Justo. Somos eso, palabras. Mentiras que nos contamos. Las palabras son mentiras en sí mismas. Somos papeles en blanco, buscamos palabras que nos cuenten, de algún modo; que digan lo que somos. 
-Ya. Polvo y palabras.
-Nos escondemos tras ellas, apostamos por ellas. Otro refugio, otra amenaza… Dentro de poco sonará esa puta sirena y el imbécil que tengo detrás se va a sentar en esta silla. Te contará otras mentiras, otras verdades a medias. Es como un juego. Al fin y al cabo… Tú eliges. Se lanzan los dados… 
-Pobrecillo, qué cara de amargado.
-Registrador de la propiedad.
-¿Lo conoces?
-Hemos hablado en la puerta, fumando. Le dejó su mujer.
-Normal… Entonces, fumas.
-Como si el mundo fuera a acabarse mañana.
-No te gires. Ahora mismo se ha sacado un pañuelo del bolsillo de la americana, perfectamente planchado, su madre, supongo…
-Claro…
-Se está secando el sudor. Suda como un cerdo, pobre hombre…
-Apuesta por él.
-Por sus mentiras, ¿no?
-Y después le dices que se desate la corbata.
-Qué cabrón… Da pena…
-Vámonos.
-No puedo, ya te lo he dicho.
-Cuando suene esa sirena sentiré que ya he perdido. ¿Sabes? Si no nos vamos ya, no voy a escribir tu nombre. Definitivamente…
-Mi número.
-Joder. Tengo ya convencida a la de rojo, la del escote. A tus nueve, junto a la puerta del baño.
-Chantajista…
-Vamos a otro lugar. Te invito a cenar.
-Muy galante. Pero lo siento, suelo pagar lo que como, gracias.
-Pues tú invitas.
-Déjalo.
-Pagamos a medias.
-¿No te rindes?
-Nunca. Como los romanos.
-Hasta que llegan los bárbaros. Mira. Disimula. La que está detrás de ti, la que está hablando con el registrador sudoroso…
-Qué pena te da, pobrecito…
-Qué pena me da ella, es mi amiga.
-¿Tu amiga?
-¿Y si te digo que está casada?
-¿En serio?
-Solo viene a acompañarme. Para que me sienta segura. Sabe que si no, yo nunca hubiera venido. Hemos estado una hora para sacarle el anillo.
-Pues nada, nos vamos, le ahorramos el mal trago, ella se va a casa, con su marido, con su anillo, tranquilamente y todos felices.
-¿Y si te digo que no es ella la que está de acompañante?
-Entonces, la del anillo eres tú…
-Muy perspicaz.
-Ya.
-¿No te gusta mi amiga?
-Sí, claro, parece muy limpia…
-No te burles de ella…
-Cuando le he dicho que era bibliotecario ha dicho: ¡Anda! Muchos libros, ¿no? ¡Cuánto polvo! Por eso te he venido antes con el cuento de… Mierda.
-La bocina. Le toca a otro imbécil.
-¿Escribo tu nombre?
-¿Ahora preguntas, romano?
-No sé…
-Juégatela.
-¿Una apuesta?
-A lo mejor me has gustado y te estoy probando…
-O a lo mejor es verdad y te ríes de mí.
-Donde las dan…
-Claro. Los bárbaros.
-Compruébalo. Se lanzan los dados…
-Su turno caballero, ocupe su asiento. Aquí te dejo con el imbécil.
-¿Gana la banca?
-Veremos…