5 de enero de 2012

AGORAFOBIA


Como una bestia herida vuelvo a casa, con una lista en la mano. Tomates, vino, pasta, pimienta, carne picada, queso, cebollas. Fuera ha quedado el resto, aquello que llaman vida, la sobrecogedora experiencia de saberse vivo y en marcha, escupido por la misma parada del metro, cada mañana, próxima parada, ésta es la mía y parpadea ese destino nuestro de cada día, en una pequeña pantalla, letras rojas que anuncian una plaza del centro, y esa voz, y soltarás la barra donde te coges tercamente mientras miras al suelo. Fuera está el ruido, la gente, todo aquello que no me pertenece y temo, espacios abiertos que me empujan, aquello que denominan aire libre y traza esta última frontera que es mi piel, defendiéndome del mundo, del resto, de aquello que queda fuera de todo lo que creo ser, aquello que se estrella contra mi volumen, el breve espacio en que soy, reducto epidérmico contra el más allá de mí. Fuera está todo y yo aquí, por fin, liberado de la condena de vivir entre otros y olerse, esquivando miradas y los asientos libres junto a los viejos que te hablan y te miran a los ojos; libre de la condena de naufragar cada mañana, a la deriva entre miradas que se esquivan y evidencian mi contorno, lejos de ser dibujado en las córneas ajenas, reflejado por vitrinas donde te evalúas antes de entrar al trabajo, todo en orden, dispuesto para la escena y la trama, poniéndote en la piel del personaje que eras y hacías respirar y sudar el viernes pasado, caracterizado de aquello que todos esperan que seas, la chica jovial, el gracioso de la oficina, modelándote perversamente, tratando de encajar en las costumbres, revisando la bragueta: cerrada, el último botón de la camisa.



Donde acaba mi piel empieza el resto, aquello que ya no soy yo y quiero a distancia, fuera de mí, al otro lado de todo. Pero he ampliado este último reducto por la supervivencia que recorro con jabón cuando me ducho; me he establecido detrás de la persiana. El mundo está fuera, y yo aquí. Agorafobia, lo llaman, o eso es el que decía el psicólogo de empresa durante la última llamada que contesté al móvil. Ya lo he apagado, buenos días, señorita, querría darme de baja. De todo. Ya no tengo el mismo número; ya no soy la misma sucesión de cifras aleatorias en que me ha convertido el azar para los demás; liberado de esa palabra que se ordena alfabéticamente en la lista de contactos de mis contactos, de forma sistemática, entre la ele y la ene, otra rendija por donde el resto accedía a mí, buenos días, señor, le llamaba para ofrecerle la última oferta en telefonía móvil, pero ahora es el psicólogo, y usted está enfermo; le aconsejo que no deje de acudir al trabajo. Le hará bien no encerrarse en casa, cómprese un perro, quede usted con los amigos, alguna tarde. Uso a veces, eso sí, el teléfono de casa, un viejo aparato estilo góndola y pido comida para llevar, o marco unas cifras, un teléfono de la ciudad. Primero el prefijo, después cuatro cifras, arbitrarias; no sé quién son, tan sólo quiero escucharlos. Tal vez quiero saberme todavía parte de algo, de un lenguaje común, esa capacidad de decir hola, cómo va, a la que he renunciado voluntariamente. No digo nada; podría hacerlo. Después cuelgan. Y así vuelvo a inventar esta victoria que celebro contra el mundo, contra aquello que me liga al resto. Alguien contesta, quién es, y abre una puerta a la comunicación, invita al personaje que fui a decir, me invita a ser, otra vez, pero yo no quiero ser, y el animal político que soy cuelga el teléfono, enciende un cigarro, apura un café helado de ayer, se dirige a la ventana. Matizada por la persiana, la luz del sol no resulta tan hiriente. El resto, allá fuera, yace impasible, como las fieras al otro lado de la reja, en el zoológico.


Sólo quiero saber, tal vez, que todo continúa igual tras la ventana, que el tiempo hace girar sus resortes y alguien preguntará siempre quién es al otro lado del auricular; que allá fuera todo sigue fluyendo, que sigue habiendo un mundo del que ya no soy parte, que ni por un instante se dejan de superponer modas y voces aceleradas en las imágenes de la tele, titulares en los periódicos, bodas del año y noticias de última hora. Sólo quiero saber, de lejos; buscarme, implosionar y permanecer en mí; dentro de la piel mis órganos, mis fluidos y yo, acurrucado, ante ese impulso que me recluye en mis límites; preguntándome qué es aquello que empuja desde fuera; preguntándome qué sentido tiene preguntarse, después de todo, como si saber por qué nos convocara a una realidad preexistente en las cosas. 
Revistas de autoayuda, Paulo Coelho u otros mantras varios en la era de la autorreflexión y el autoconvencimiento, convertido en un experimento para mi propio disfrute; evaluarse, probarse, conocerse; psicoanalícese usted mismo en tres simples pasos, sepa quién es con este sencillo test de diez preguntas, sume los puntos y sabrá que quiere, por qué extraña razón no lo envía todo a la mierda, por qué sigue pensando que puede ser hoy ese día, aferrándose a la barra del metro, si ha marcado a) en la primera pregunta, usted es un enfermo, totalmente inútil para la vida social, mera carencia de las mínimas destrezas comunicativas. Conócete, búscate, registrado entre el montón de pulsiones que te hacen huir y decir basta; delimítate, defínete, marca casillas. Ante un reto, ¿qué hace usted? Marco la a). Esto es usted. Pero siga buscándose en la próxima edición de la revista, tal vez se sorprenda y descubra si es usted una de estas personas que tropieza dos veces en la misma piedra o si es una persona flemática, inconstante, egocéntrica. Puede convertirse en un modelo de usted mismo, no se conforme; puede transformarse en la persona que siempre ha soñado ser, en aquello que siempre ha querido que digan de usted mientras usted está en el baño y no escucha; podrá ser esas palabras que repetimos como un mantra, yo soy, yo soy, yo soy. Pronombres personales de primera persona y otras mentiras que nos contamos para poder dormir cada noche con una certeza, al menos. Yosoy, yosoy, yosoy, otra falacia que vuelve sobre sus pasos, otra de esas frases que se leen igual desde el final, lenguajes circulares que no dicen nada, yosoy, palabras que rebotan contra el espejo al que señalamos diciendo ése soy yo, palabras que recomienzan en este juego de imágenes donde nos buscamos. Mientras tal cosa no acontezca, de momento, todos estamos. Todos cambiamos la cara cuando reconocemos a alguien en la parada del metro, como si te alegrase, todo va bien, la casa, el trabajo, ahora una sonrisa, tenemos que quedar para cenar, un día, y todo vuelve, de nuevo, a ser como antes cuando se va. Soy el mejor personaje que podría representar, historia de mí mismo, basada en hechos reales, afirmación rotunda de la farsa que me ha tocado creerme.

Hace tiempo que he perdido el hilo del argumento donde solía convivir con el resto de la especie, con la gente que hace cola para comprar el pan y traga croissants remojados en café durante la media hora de descanso; hace tiempo que el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura, ya hace tiempo que no estoy para nadie, inténtelo de nuevo después de unos minutos. Y así es como uno llega a sentir esta aversión por los espacios abiertos y la gente que los transita, y huye compulsivamente de sus huellas; así es como uno se va sintiendo incapaz de soportar no sólo el más mínimo contacto físico con el resto de personas, sobra con la idea de su proximidad al otro lado de la piel, el temor a que alguien deje constancia de su existencia en el volumen que me rodea. Pero llego a casa, por fin. Fuera ha quedado el resto. Nadie podrá señalarme ni advertirme de lejos. Yo ya no estoy, ya no soy, ya no cuento. En los márgenes de la narración que nos condena. Como una bestia herida vuelvo a la habitación, sano y salvo, con un papel en la mano. Tal vez ella lo ha doblado y lo despliego encima la mesa. Conozco a la gente por sus desechos, el contacto directo me supera. Es mejor suponerlos, recrearlos, rastrear un más allá desde la distancia. Hace tiempo la veo salir de casa por la lente de la puerta que se abre a la escalera. La escucho coger las llaves y me acerco, silencioso. La veo salir, maldecir a veces cuando vuelve porque se ha dejado algo, siempre igual, todos los días me tengo que olvidar la libreta, parece que estudia, es despistada. La escucho bajar la escalera, con la oreja pegada a la puerta. Le gusta ese tipo de olor dulce que busco en el rellano después, cuando ya ha cruzado la calle y se aleja por la avenida, y es cuando puedo dejar la ventana y volver a la escalera, a oler su perfume. Conozco la marca. Conservo una botella vacía que recuperé del contenedor. La veo bajar con la bolsa, cada noche. Después bajo yo, furtivamente, tembloroso; rescato su basura mientras el mundo cae sobre mí, ya sin techo, intemperie que me devuelve a mi volumen y recorta mi figura escapándose bajo las farolas. Después vuelvo a casa, y me escondo. Sé muchas cosas de ella. Podría decirse que la conozco bien. Le gusta el teatro, canta en un coro. A veces empieza sonetos que no acaba y después los rompe, convirtiéndolos en papelitos minúsculos que yo recompongo con cinta adhesiva. La recompongo a ella. La creo, la recreo cada noche a partir de sus desechos, la hago revivir de mí para mí; la invento y la reconozco a través de la mirilla. Ella no es más que la historia que escribo para ella, el argumento donde la encajo, la deriva que describen sus huellas. Sé qué parada de metro la vomita cada día, conservo los billetes que lanza al contenedor cada semana, sé cuando sube, sé cuando baja. Antes solía cenar con al alguien. Invento su memoria, sus costumbres, invento la vida donde se inserta cada mañana y esa narración es la única realidad a la que puedo acercarme. Desde el otro lado de la ventana, no hay más existencia para ella que la que nace en cada objeto que extraigo del contenedor. La recorto de aquello que la rodea; le doy otros límites, nuevos volúmenes enmarcan su existencia; la extraigo de su marco diario, de aquel contorno que la arropaba y, ya sola y sin contexto, vuelve a mí, filtrada, codificada por las líneas de la persiana que se abren al afuera, remodelada; reconstruida como un soneto sin acabar que cuelga de la pared; un cúmulo de recortes que la conforman y le otorgan otro sentido a la figura que veo alejarse por la avenida, cada mañana.



Sostengo la nota, una lista de la compra poco habitual. Vendrá a cenar él, otra vez. Hacía tiempo que no se sabía. Antes de pasar se limpiaba el polvo de los zapatos con la parte de atrás de los pantalones, ponía la mano ante la boca y comprobaba su aliento, sacaba un caramelo del bolsillo y entraba en casa lentamente mientras el olor de la cena se esparcía por la escalera; pasa adelante, decía ella, y él cerraba la puerta. No puedo negar cierto temor a que vuelva, a que otra vez hablen de él los sonetos no acabados, a que aquella íntima creación que era ella volviera a ser cautiva de sus ojos, tal y como decía uno de los versos tachados, tal vez miedo de que sea otro. Me pregunto qué haré, busco por dentro la respuesta. Qué haría usted en caso de que su vecina, invención y recreación suya, volviera a quedar con el tipo que silba mientras anda y se limpia el polvo de los zapatos con los pantalones. Marco c). Esperar a que vuelva a casa y baje la basura, siempre la baja antes de que él llegue.

Hoy tarda. Hace tiempo que no tengo tabaco y apuro una colilla del cenicero. Reviso las páginas de contactos de Internet, los chats, anuncios clasificados por donde la vida llega a mí, la misma historia, chico sencillo busca chica guapa, inteligente, formal. Pero chica guapa, inteligente, formal, busca chica morena, exuberante, grandes pechos quien ya había encontrado oriental, tipo universitaria, garantizada discreción. Ésta, también guapa y lista se acuesta con chico guapo, fibroso, muy dotado, rasgos latinos, discreción, quien acaba de dejarlo con casada busca chico, encuentros esporádicos que ahora busca, sin suerte, chica guapa, inteligente, formal. Me canso, hoy tarda. Ya es tarde. Descuelgo el auricular. Marco un número al azar, escucho una voz distorsionada que pregunta quién es, no soy, no somos nadie, tengo ganas de decirle desde este lado de las cosas. Pero tengo que callar y permanecer a distancia del vértigo que provoca tratar de ser algo. No tardo en colgar, parece que llega. Se detiene ante el contenedor y lanza al asfalto una nota mientras mira hacia mi ventana y me dice hola con la mano. No cabe duda, es a mí. La persiana está bajada, yo detrás. Fuera queda el resto, aquello que se mueve y respira y allá, en medio, ella, corriendo hacia casa, levantando la cabeza y mirando hacia aquí. Sabe también que hay alguien detrás de lente que la deforma cuando la veo buscar las llaves y entrar en casa. Saluda y se ríe.



Marco c) y bajo corriendo las escaleras, no quiero coincidir con nadie, esquivo ese pensaba que estabas fuera, mañana reunión de escalera, cómo va todo, bien, me alegro de verte y otras mentiras que nos decimos los unos a los otros y a veces nos creemos. Esta vez no, pero una vieja echa al contenedor la nota, la gente lo tira todo en el suelo, estos jóvenes, qué poco civismo, hija mía, y tengo que recuperarla del contenedor. Miro arriba, ella me mira a mí. Veo su silueta dibujada en la cortina y tengo miedo hasta que vuelvo a casa y el resto queda fuera, por fin.



* * *





Recorro sus límites. Ella también es un volumen. La invento de nuevo, los dos en la misma cama, mirando el mismo techo. Vuelvo a modelarla, reconozco sus contornos, la piel que pone límites a su persona, mientras se vuelve yo mismo. La convierto en parte de mí, creación de mis manos mientras la toco, mientras mido el volumen de sus pechos por debajo de la sábana. Resbalo por su consistencia, valoro la turgencia de un cuerpo que renace y trato de reconocer. Tienes que probar mis spaghetti carbonara. Quizás hoy, ¿en mi casa?, decía la nota. Nunca habría podido imaginar que yo también era una creación suya, que me espiaba mientras yo la espiaba a ella, que reía mientras me veía huir de las farolas con las manos en los bolsillos. Nunca habría podido imaginar mis papeles inacabados recompuestos con cinta adhesiva, colgando de una pared. Yo también leo lo que empiezas a escribir sobre mí y no acabas, sé que me observas por la persiana. Quiero conocer quién vive del otro lado de las cosas. Nunca lo habría imaginado. Marco b), y el resto queda fuera, más allá de todo, de las cuatro paredes que nos contienen, ella y yo, recreándonos, filtrándose el uno en el otro, a la deriva en fluidos que no son nuestros, conformando un único cuerpo, sé cuando duermes y bajo al contenedor, haces mucho ruido cuando te acuestas. Es entonces cuando no me vigilas. Eres esa constelación de recortes y papelitos que he pegado a la pared. Me tendrás que enseñar quién soy yo. Huyamos. ¿Tienes tabaco?



Donde acaba nuestra piel empieza el resto, aquello que ya no somos y queremos a distancia. Acurrucados en los márgenes de las historias que nos inventan, regalándonos una vida, recíprocamente, al otro de todo. Más allá de nosotros quedan las cosas, la gente, platos sucios encima la mesa y una lista de la compra que me ha caído del bolsillo; tomates, vino, pasta, pimienta, carne picada, queso, cebollas.