6 de julio de 2015

EL CHARCO DE LOS DÍAS


Aquí adentro es diferente. Echo de menos a Osho, eso sí. Todo cambia, aquí adentro. Para que nada cambie, tal vez. Pero mucho mejor, la verdad; lejos de todo. Sin nervios. Todo el día para mí. Todas las horas de cada día. Al menos no hay moscas que me toquen las pelotas a la hora de meditar. La residencia está limpia. Mi esquizofrenia mejora, o eso dice la psiquiatra, mirando al suelo.

Y sin embargo, cuánta bajeza, todavía; cuánto por dios y cuánta flema arrojada al charco de los días que nos preceden, siempre tarde, para todo, ya. Me voy a pudrir aquí. Y lo veo en los demás, pobres infelices tutelados, pobres locos que no verán otras paredes antes de morirse en esta jaula. Uno sabe cuando entra, pero rara vez se sale… Al menos se está bien. El peligro quedó afuera, tanta gente vulgar de esa que vive y siente sin más, sin consciencia de ese Todo universal cuya energía nos engloba, nos hace ser; el Ser de luz del que formamos parte como un mosquito en el ámbar. Lo aprendimos en el curso intensivo de vibración interior consciente. Gente de energía sucia, de vibraciones divergentes. Gente errática y nerviosa. ¿Qué culpa tienen ellos? Pero así no se puede, aunque uno lo intente a cada rato. Relax. Om Mani Padme Hum. La respiración, siente la respiración. El aire que entra, el aire que sale. Cuida tu  espíritu, tu cuerpo es tu templo.
 
Aquí es diferente. La neurosis controlada. Las voces se callan, a ratos. Le cuento a la psiquiatra que ya no es tanto, que no las oigo. Y es verdad, pero sólo a ratos. Y ya no me atan para dormir. Una recuperación inaudita, según la psiquiatra. La rutina me ayuda. Los horarios previstos. La Tere me ducha por las mañanas. Lavarse los dientes, cambiarse la ropa. Deslizarse en zapatillas hasta el comedor donde todos engullen y dejan caer sus babas en el cuenco de la leche desnatada. Desayuno ordinario, tostaditas con tomate; del ecológico, ¿te acuerdas, Tere? Claro, hombre, para ti del ecológico. Lo guardo aquí mismo. Viene el repartidor cada mañana para dejar tu tomatito ecológico para las tostadas del desayuno. Acábatelo todo, ¿vale? La Tere es un sol, aunque me mienta y se ría de esa forma, las tetas saltándole detrás del uniforme… Habrá que mirar al suelo, serenidad. No desees. Om Mani Padme Hum. Pero cuánto horror y cuánto buenos días, cómo va eso, Tomás, con las manos sucias, con la voz intranquila y grotesca. Cuánta falta de serenidad. Somos lo que hacemos y no vaya uno a buscarle los tres pies a la existencia porque las respuestas acaban estando en el frenopático o en el cursillo de Reiki por Internet. Despertar en otra consciencia de mí mismo: reprimo mi ego, me busco negándome, los chakras alineados con sus circulitos de colores, las emociones pautadas, cuidado con el karma y los argumentos que relatan tu salvación o tu condena. Hilos con que cosemos un mundo que se desgaja ante nuestros ojos, el efímero remedio que nos salva de la nada más absoluta. Así acabamos, porque uno está lleno de paz y lo intenta cada día, mientras medita bajo el árbol donde Alfredo se tumba a hacerse las pajas después de comer.

Me reconforta la meditación de los domingos. Mi cafetito por las mañanas pautado por la psiquiatra, mi yogur antes de dormir, mi yoga de media tarde. Mi platanito para el potasio, mi cantidad diaria recomendada de vegetales crudos. Uno lo intenta, se lava con la sal del Himalaya, se exfolia con el barro del Mar Muerto. Todo sea por los poros abiertos y la oxigenación profunda de cada célula de mi piel. Cuidarse por dentro, alinearse por fuera. Eso sí, mi cigarrito a escondidas antes de dormir, en la ventana, tras la cortina, que no me vea el vigilante. Hace la ronda las horas pares. En las impares le como el coño a una vieja a cambio de unos cigarros que sólo dios sabe de dónde saca. Algunas noches hago turnos. A mí no me dejan fumar. A la hora del tabaco, no estoy en la lista. Hay que joderse, aunque sea de ley que después de quemar mi casa no le dejen a uno jugar con fuego. Las putas moscas me tocaron las pelotas. Y uno revienta. A la mierda con todo. Cosas que pasan, joder… Con lo que me cuesta el incienso del Nepal y los aromas de las flores de Bach, para que vengan las moscas a invadir tanta pureza. Mi casa es mi templo. O al menos lo era.

Debí haber meditado esta tarde, uno es lo que hace. Mejor no pensar, mejor desviar la mente, apagarla sin más. Om Mani Padme Hum. Sentir la respiración, cerrar los ojos en el banquito del jardín y olvidar el mundo material que nos rodea, la señora del abrigo sintético que viene los martes a ver al Pedrito, el hombre que corre a apretar el botón rojo que sólo él ve en la pared para salvarnos del fin del mundo. Genaro guarda cosas en los bolsillos y le registran cada dos horas. Diógenes. Lo atan para dormir. El puto gordo de la habitación de al lado que cree ser una ameba y se arrastra con sus flagelos  por el suelo del comedor, buscando charquitos de babas y zumo del desayuno. Gervasio Tudela se come la mierda que caga y Vicenta vomita por placer. Voy perdiendo el olfato por semanas. Cuánto horror y cuánto ser vulgar que se defiende de sí mismo, sin consciencia del Todo, sin saberse parte de nada. Om Mani Padme Hum. Los ojos cerrados. Postura del loto. Recita tus mantras, apaga tu mente, las emociones que sufres. No desees, no imagines. Echo de menos a Osho. Cuánta gente que tose, cuánto viejo que escupe por los pasillos. Cuánta falta de autoestima. Porque somos lo que hacemos y cuánta gente echando la latita en el orgánico. Peor que los animales, ¿verdad, Osho? ¿Verdad que sois mejores que nosotros? ¿Eh que sí? Toma tu pelotita.

Momentos de lucidez, a eso debe aspirar toda persona que se estime. Momentos de conexión. Y sin embargo, cuánto desapego de la esencia, cuánto desgarro. Cuánta derrota ante el peso de los días, la gravedad de lo material y otras leyes que nos apegan al suelo, cuánta espalda encorvada, cuanta mirada clavada en el barro que pisamos. La espalda recta, por dios. La frente alta. Erguidos, el rictus firme y sereno. La vida es una actitud, lo reveló mi última consulta del I Ching. Y yo sin mi baraja del Tarot. Se la quedó la psiquiatra. Le hablé de la terapia Ayurveda, le duele la espalda. Lo vi en su postura. El tercer chakra, supongo. La integridad espinal. Homo erectus, no te olvides. Echo de menos a Osho y los viernes de acupuntura. Hacía años que no veía a un doctor. Descreo de ellos, de sus consejos, todavía. Pero hay que pasar por el ojo de la aguja, tragarse las pastillas, respirar en paz. Parches, sin más; no atacan la causa primera del desarreglo, que siempre es emocional. Después está la Bayer y el resto de farmacéuticas. Cuánta falta de ética. Y las vacunas, mierda en las venas. Ya pasó con la heroína y ahora la metadona, las pastillas, el somnífero de caballos. Qué asco de botellón. Qué involución de la especie, que atontamiento del personal, los mass-media, sus valores y veintidós tíos en calzoncillos detrás de la pelotita. Mataría por un concierto de cuencos tibetanos con sitar, me llenan de paz el alma…

Om Mani Padme Hum, Tetrazepam y otras drogas, a las mismas horas, cada día. Sábanas de contención. Olor a mierda y lejía. Así no se puede. Peor eran los coches, es verdad, sus ruidos, los niños de los patines, la pelotita de fútbol que se me clava en la sien. Aquí dentro hay silencio siempre que Encarna no grite, que Paquita no se pase la mañana dando los buenos días y que a Romero no le dé por darnos un recital de coplas. Entonces me voy al árbol y juego con Osho, aunque Osho no esté y uno sepa a ciencia cierta que murió en el incendio. Pero qué importa si vivo con gente que come sus mierdas y se hace pajas en el césped del jardín. Cada cual a sus cosas y yo echo de menos a Osho tanto como ese amor global que aflora en cada célula, en cada átomo, en cada pincelada de luz que el sol nos regala. Le lanzo la pelotita y él me la devuelve. La vida es eso, y saber reconocerlo, saber asomarse a una flor y oler el aroma del mundo en el dulzor del polen que exhala. Se ríen, entonces, pobres locos, cuánta inconsciencia. Pero tampoco molestan, pobrecitos. Y tal vez no lo merezcan, por mucho que digan las voces. Ellos no tienen la culpa de tanta bajeza, de tanta flema lanzada al charco de los días que se remansan en esta orilla apartada del mundo. Las voces se callan, a ratos. Pero a veces las escucho de regreso, acercándose, se meten adentro, me gritan: quema el colchón, a la mierda con todo… Cuánta bajeza, por dios, cuánto mosquito tocándome las pelotas, mi cigarrito de antes de dormir, el mechero azul que escondo tras el lavabo, el humo saliendo por la trampilla superior de la ventana. Las cortinas blancas. Son las once. Las auxiliares cenan. Las voces me gritan… A la mierda con todo.