4 de junio de 2013

PAPEL MOJADO


Foto Louis Stettner
Tal vez haya que preguntarse por esa forma de resbalar por las cosas, por cómo lo convertimos todo en papel mojado. Quedarse en los brillos, lavar la ropa tres veces sin llegar siquiera a tenderla. Demorar hasta la náusea los asuntos pendientes. Pero hoy sí, la calle, terracita, desayuno popular. Parece que quiere llover, tenía que haber cogido un paraguas. Las señoras se pasman ante la moda primavera-verano que está llegando con sus tonos siena y yo solo veo el reflejo de su escote en el escaparate. Me vuelvo sospechoso entre señoras con hijos de la mano y sigo mis pasos, calculo cuánto tiempo he perdido: ya casi estaría en el puente. Mi otro yo, ése que no se ha parado abducido por el reflejo de las cosas cuando llueve, posiblemente estará llegando a la gestoría, en esa nueva realidad que sospecho andando tres minutos por delante, siguiendo la ruta prevista. Pero ha empezado a llover. Me estrello a cada paso en la brillante superficie de baldosas y adoquines, pulida corteza que pone piel a ese continuo cambiar de las cosas a mi lado, ese eco de voces y motores, café con leche y croissant, ya en la calle, hoy sí, hoy lo del gestor, semáforo en rojo y una masa informe de conductores aferrados al volante, ventanillas cerradas, mirada al frente o a sí mismos en el retrovisor.

Y así considero obvio que las cosas van deslizándose ante mí y yo entre ellas, como en un juego de espejos en la feria, como van cambiando las montañas y las casas tras la ventana del tren. La ciudad es un paisaje que me mira. Y además llueve, y todo brilla. Reluce el asfalto y las capotas de los coches, los charcos del parque, los columpios. La mirada de las cosas se despierta; a cada cambio de perspectiva nuevos destellos que me observan. Inmerso en una especie de cubismo existencial, un gesto que me desordena, me invade, me contiene. Mi yo desdibujado y mi otro yo esperándome impaciente, unos minutos más allá, maldiciendo mi estampa, seguro, y aprieto el paso.

Uno no sabe que puede hasta que se sorprende pisando nubes de charco en charco, pisando el cielo que se cierra bajo los pies, nubes negras y llenas de mierdas de perro que solo llego a esquivar a veces. Da suerte, dicen. El día a mis pies, llenos de suerte mis zapatos y el asfalto que comienza a gotear con rabia, miro al cielo: se coge. Corren los jubiletas con sus bolas de petanca. Cornisas atestadas de señoras con paraguas.

Foto de José Luis Nocito

La gente se vuelve loca en esta ciudad cuando llueve. Como peces fuera del agua dan grandes bocanadas y espero que mi otro yo aventajado no haya llegado ya al gestor. Me esperan, eso es seguro. Y yo a trozos, disperso en vidrieras y parques, desperdigándome, recogiéndome, chorreando por las alcantarillas, perdiéndome como un cubito en el mar, descomponiéndome por momentos. Es tarde cuando descubro que me he dejado los ojos en un cartel, la pierna al volver la esquina, la vida en el reflejo de un charco que da a la fachada donde alguien se asoma a un balcón. Y así voy diluyéndome. Mi yo desarticulado, hecho agua en esta ciudad donde no sabe llover, hecho una piel con el fluir de la calle que me arranca de mí mismo, que me escupe y me desgaja. Lejos ya de eso que era el yo de esta mañana, refugiándome bajo un sobre de papel que recuerdo que llevaba: la póliza que me chorrea por el pelo. Mi yo desarticulado, perdido, y el otro dios sabe dónde, ese yo responsable, ese “¿tú ves?, ya te lo dije”, ese yo que me da sermones por las noches y me ordena la vida. Por eso tal vez insisto en huir de él, en no saber dónde vivo por momentos, ignorar dónde me desparramo, dónde dejé la cartera, dónde he olvidado las gafas de sol. Mañana te levantas y pones un par de lavadoras. Después te vas y presentas lo de la póliza. Y así siempre, mi yo responsable, antes de dormir, no te olvides de tenderla, después huele a moho; mi mal de conciencia por las cosas que no hago simplemente porque olvido que había una lista de cosas por hacer. Mañana te vas al gestor, vuelves a lavar la ropa que no tendiste, no te vuelvas a olvidar; mi yo que me guía y que esquivo, porque el mundo brilla cuando llueve y eso suele sacarme de mí.

Cuando entiendo que estoy empapado y que lo más sensato sería centrifugarme es tarde, la punta del croissant que me he guardado debe de ser una pasta en el bolsillo, la servilleta que la envolvía, el paquete de tabaco... Pero un chino escupe en la acera y me invita a refugiarme en su tienda multiprecio. Llover mucho, tú espera. Desisto entonces de mi empresa, hipnotizado por la destreza del chino al escupir de una forma espléndidamente plástica, estéticamente bella, trazando una parábola perfecta en el aire, formando anillos concéntricos cuando algo asqueroso ameriza en un charco. Yo, derrotado y vencido por mis buenas intenciones, cautivo y desarmado por mi espíritu de enmienda, acabo lanzando al torrente que va calle abajo una bola informe de letras y fechas, el sello de la empresa de seguros, eso que fue un documento, no te olvides de entregarlo, ha de constar la recepción del mismo para que se haga efectivo el pago. Ha dejado de llover y todo brilla, habrá que volver  a casa, olvidé tender la ropa, aunque de todos modos llueve; a quién se le ocurre lavarla, justo hoy, lo ves, te lo dije. Ahora no llover más, dice el chino que saca uno a uno los pañuelos de papel que me va pasando para que me seque; los voy empapando metódicamente, los voy convirtiendo en bolitas. Y así me encuentra mi otro yo volviendo a casa, me recupera para la vida consciente, para aceptar la costumbre de volver a casa después de todo; paraguas en mano que le he comprado al chino, por si acaso, lo ves, te lo dije, y yo empapado, náufrago en mi piel, convencido en el fondo de que algo se ha sacado en claro, no estuvo mal, a fin de cuentas, los brillos, los reflejos, el breve estado de excepción que me diluye cuando llueve, la póliza calle abajo como un barquito de papel que ha naufragado… Y me da por reírme de esta tendencia natural a la catástrofe, de este ir resbalando por las cosas, de ver cómo se empapan las palabras en las pólizas de seguros y cómo lo convertimos todo en papel mojado.