28 de octubre de 2013

TEORÍA Y PRAXIS DEL DESEO

Pide un deseo y sopla con fuerza. Así uno vuela con la pestaña que avanza hacia eso que llamamos mañana, porque mañana será otro día, el esbozo de un quizás, esa espinita clavada en la costilla del día que vuela. De algún lado oscuro del deseo debe de venir esta desprestigiada costumbre de recoger plumas en la acera o retazos de baraja. Y no es que se vaya a cumplir el deseo, pero uno le guiña un ojo a la vida, quién sabe, cosas más raras se han visto: sopla con fuerza; pide un deseo. Si lo dices no se cumple. Como niños ante una tarta de chocolate, se cierran los ojos, se llenan de aire los carrillos. Y el futuro se abre como un álbum de cromos al otro lado de los párpados. La posibilidad de todo lo deseable. Desplegamos todas las vidas posibles, elegimos la carta, soplamos con fuerza. Las velas se apagan. Y así el deseo va manteniéndonos vivos más allá de hoy, más allá de las velas; soplamos con fuerza contra los días, transitamos ese paréntesis que abrimos en la sintaxis que nos ordena en este presente perpetuo. Y así habrá un mañana que nos sienta desde adentro, el grito de las entrañas que nadie escucha, ese soplar con fuerza contra el miedo a soplar con fuerza y desear con ganas. Buscar la hendidura en el muro que tal vez no conduzca al dolor, a lamerse las heridas en el baño o a bajar la basura los domingos después de lavar el coche. Apagar el deseo es eclipsar el dolor con calmantes, contarnos un chiste cuyo final ya sabemos y esperar que nos haga gracia. Eso somos, sombras que desean, fantasmas que sienten y deambulan por sus sueños como esos funambulistas  que se balancean en la cuerda, no mires el suelo, cuida tu miedo, gritan todos desde abajo. Pero habrá que sentir el aire fresco contra la cara para saber que uno estuvo arriba, oteando los tejados. Caer no es más que el primer síntoma de que se estuvo a punto de tocar las nubes con la yema del índice; de este vicio de sentir que a veces nos desequilibra y allá vamos a caer con todo el deseo sobre nosotros mismos y nuestras culpas, nuestras heridas abiertas de par en par, lo ves, te lo dije. Y tal vez es verdad que el deseo suele aparecer demasiado a menudo en forma de pluma arrugada, en cualquier bolsillo, mientras descubres que no tienes ni para el metro pero conservas un cigarro arrugado a medio fumar. Toda mi fortuna en un bolsillo donde guardo el azar y las colillas. Y, sin embargo, atentaría contra toda esencia de humanidad encontrar un diente de león y pasar de largo, no cerrar los ojos, soplar con fuerza, a pleno pulmón, sentirse borracho de deseo, ver como se despliegan esos pequeños paraguas de algodón contra la vida, contra los días que vienen y han de llegar sí o sí, con toda su lógica aplastante, con sus facturas mensuales, con sus fiestas de guardar y sus cervezas calientes. Habrá que agacharse en medio de la calle y darle la vuelta a una carta que media ciudad ha pisado, porque puede que sea otro diez de tréboles y que acabes  preguntándote qué mierdas haces con cuatro cartas iguales si en tu vida has jugado al póker; tentar a la suerte en cada gesto del día como un tarado que pisa sólo las baldosas negras. Apostar a la vida, quemar las naves en cada estrella fugaz. Y habrá que pedir el deseo mientras pasa la estrella porque, si no, gana la banca y somos irremediablemente consumidos por el fuego del tiempo y de las costumbres, apilados en andenes en horarios regulares, conformándonos con la mecánica diaria de nuestras piernas y nuestros trayectos. Al menos vivir y equivocarse. Al menos el deseo que nos rescata de Sísifo subiendo cada noche la misma piedra que echará a rodar ladera abajo, cada mañana. Pide un deseo, sopla con fuerza…

4 de junio de 2013

PAPEL MOJADO


Foto Louis Stettner
Tal vez haya que preguntarse por esa forma de resbalar por las cosas, por cómo lo convertimos todo en papel mojado. Quedarse en los brillos, lavar la ropa tres veces sin llegar siquiera a tenderla. Demorar hasta la náusea los asuntos pendientes. Pero hoy sí, la calle, terracita, desayuno popular. Parece que quiere llover, tenía que haber cogido un paraguas. Las señoras se pasman ante la moda primavera-verano que está llegando con sus tonos siena y yo solo veo el reflejo de su escote en el escaparate. Me vuelvo sospechoso entre señoras con hijos de la mano y sigo mis pasos, calculo cuánto tiempo he perdido: ya casi estaría en el puente. Mi otro yo, ése que no se ha parado abducido por el reflejo de las cosas cuando llueve, posiblemente estará llegando a la gestoría, en esa nueva realidad que sospecho andando tres minutos por delante, siguiendo la ruta prevista. Pero ha empezado a llover. Me estrello a cada paso en la brillante superficie de baldosas y adoquines, pulida corteza que pone piel a ese continuo cambiar de las cosas a mi lado, ese eco de voces y motores, café con leche y croissant, ya en la calle, hoy sí, hoy lo del gestor, semáforo en rojo y una masa informe de conductores aferrados al volante, ventanillas cerradas, mirada al frente o a sí mismos en el retrovisor.

Y así considero obvio que las cosas van deslizándose ante mí y yo entre ellas, como en un juego de espejos en la feria, como van cambiando las montañas y las casas tras la ventana del tren. La ciudad es un paisaje que me mira. Y además llueve, y todo brilla. Reluce el asfalto y las capotas de los coches, los charcos del parque, los columpios. La mirada de las cosas se despierta; a cada cambio de perspectiva nuevos destellos que me observan. Inmerso en una especie de cubismo existencial, un gesto que me desordena, me invade, me contiene. Mi yo desdibujado y mi otro yo esperándome impaciente, unos minutos más allá, maldiciendo mi estampa, seguro, y aprieto el paso.

Uno no sabe que puede hasta que se sorprende pisando nubes de charco en charco, pisando el cielo que se cierra bajo los pies, nubes negras y llenas de mierdas de perro que solo llego a esquivar a veces. Da suerte, dicen. El día a mis pies, llenos de suerte mis zapatos y el asfalto que comienza a gotear con rabia, miro al cielo: se coge. Corren los jubiletas con sus bolas de petanca. Cornisas atestadas de señoras con paraguas.

Foto de José Luis Nocito

La gente se vuelve loca en esta ciudad cuando llueve. Como peces fuera del agua dan grandes bocanadas y espero que mi otro yo aventajado no haya llegado ya al gestor. Me esperan, eso es seguro. Y yo a trozos, disperso en vidrieras y parques, desperdigándome, recogiéndome, chorreando por las alcantarillas, perdiéndome como un cubito en el mar, descomponiéndome por momentos. Es tarde cuando descubro que me he dejado los ojos en un cartel, la pierna al volver la esquina, la vida en el reflejo de un charco que da a la fachada donde alguien se asoma a un balcón. Y así voy diluyéndome. Mi yo desarticulado, hecho agua en esta ciudad donde no sabe llover, hecho una piel con el fluir de la calle que me arranca de mí mismo, que me escupe y me desgaja. Lejos ya de eso que era el yo de esta mañana, refugiándome bajo un sobre de papel que recuerdo que llevaba: la póliza que me chorrea por el pelo. Mi yo desarticulado, perdido, y el otro dios sabe dónde, ese yo responsable, ese “¿tú ves?, ya te lo dije”, ese yo que me da sermones por las noches y me ordena la vida. Por eso tal vez insisto en huir de él, en no saber dónde vivo por momentos, ignorar dónde me desparramo, dónde dejé la cartera, dónde he olvidado las gafas de sol. Mañana te levantas y pones un par de lavadoras. Después te vas y presentas lo de la póliza. Y así siempre, mi yo responsable, antes de dormir, no te olvides de tenderla, después huele a moho; mi mal de conciencia por las cosas que no hago simplemente porque olvido que había una lista de cosas por hacer. Mañana te vas al gestor, vuelves a lavar la ropa que no tendiste, no te vuelvas a olvidar; mi yo que me guía y que esquivo, porque el mundo brilla cuando llueve y eso suele sacarme de mí.

Cuando entiendo que estoy empapado y que lo más sensato sería centrifugarme es tarde, la punta del croissant que me he guardado debe de ser una pasta en el bolsillo, la servilleta que la envolvía, el paquete de tabaco... Pero un chino escupe en la acera y me invita a refugiarme en su tienda multiprecio. Llover mucho, tú espera. Desisto entonces de mi empresa, hipnotizado por la destreza del chino al escupir de una forma espléndidamente plástica, estéticamente bella, trazando una parábola perfecta en el aire, formando anillos concéntricos cuando algo asqueroso ameriza en un charco. Yo, derrotado y vencido por mis buenas intenciones, cautivo y desarmado por mi espíritu de enmienda, acabo lanzando al torrente que va calle abajo una bola informe de letras y fechas, el sello de la empresa de seguros, eso que fue un documento, no te olvides de entregarlo, ha de constar la recepción del mismo para que se haga efectivo el pago. Ha dejado de llover y todo brilla, habrá que volver  a casa, olvidé tender la ropa, aunque de todos modos llueve; a quién se le ocurre lavarla, justo hoy, lo ves, te lo dije. Ahora no llover más, dice el chino que saca uno a uno los pañuelos de papel que me va pasando para que me seque; los voy empapando metódicamente, los voy convirtiendo en bolitas. Y así me encuentra mi otro yo volviendo a casa, me recupera para la vida consciente, para aceptar la costumbre de volver a casa después de todo; paraguas en mano que le he comprado al chino, por si acaso, lo ves, te lo dije, y yo empapado, náufrago en mi piel, convencido en el fondo de que algo se ha sacado en claro, no estuvo mal, a fin de cuentas, los brillos, los reflejos, el breve estado de excepción que me diluye cuando llueve, la póliza calle abajo como un barquito de papel que ha naufragado… Y me da por reírme de esta tendencia natural a la catástrofe, de este ir resbalando por las cosas, de ver cómo se empapan las palabras en las pólizas de seguros y cómo lo convertimos todo en papel mojado.

11 de abril de 2013

COMO PÁGINAS EN BLANCO


Tal vez es eso, esculpir la gran impostura de narrarse a sí mismo, sentirse vaciado por dentro y ahora a buscar lo que eres. Como páginas en blanco. Relatos que hay que contar para equilibrar lo que suponemos real, para que todo se engarce en un supuesto orden natural de las cosas. De ahí tal vez esta pulsión de construir otras vidas, ajenas o propias. Se juntan letras, se cuentan cosas… Y eso somos, personajes sin argumento y encima el asiento chorreando de algo que huele a zumo. Hoy no, joder. He esperado a que Gladys se siente antes. Debe de llamarse así, Gladys, Krystal, Yleana, algún nombre así con mucha i  griega. El nombre es gratis. Saca su tubo de crema y se frota la cara, los brazos, las manos, el escote donde tintinea un cristo que parece ser de oro. En la siguiente él se sube. Ella se aparta y ocupa el asiento de la ventana. Le guarda el sitio. Cada día. Y empiezo a mojarme el culo, a notar un pegajoso lastre en los vaqueros, a preguntarme qué hago sentado en un charco de zumo, en el mejor de los casos, disimulando dignamente, fingiendo que escucho música detrás de Gladys, que saca el espejo del bolso y recompone su pelo.

Él debe de llamarse Paco, alto, encorvado, dientes amarillos. La frase que más repite comienza por cuando me jubile, y allí van sus sueños cuando no se levante a las seis y no sepa dónde meterse a pasar la mañana. Me voy a aburrir. Ella sonríe, siempre. Aguanta los chistes que no entiende, inocente como esa señora gorda que obvia las bromas de Groucho en las películas, estoica, brillante por la crema y los treinta y dos grados que marca la pantalla del autobús. Algo deben de sospechar, porque él me mira y sonríe, antes de sentarse, haciéndome cómplice de su puesta en escena, de su narrarse a sí mismo ante ella, cada día, y yo detrás prestando atención, recomponiendo su historia, llenando los huecos, reconstruyendo esos días en los que no soy testigo del encuentro. De alguien habrá que contar que no sea de uno mismo.

Prueba esto, es de mi país. Muy rico, ya verás. Y desenvuelve  el papel de aluminio, planchado, impecable. Lo traía para el viejito, pero hoy se lo llevaron al hospital. A lo mejor mañana no vengo, ya me avisan, y el pantalón pegado al asiento. No hay remedio. Ni tiempo, porque él bajará pronto y, a pesar de la úlcera, no debería ni olerlo, el médico dijo, acaba por probarlo mientras asiente mirando al suelo, concentrado en el sabor de esa delicia que nunca sabré a qué huele por más que me siente detrás de ellos, como siempre que puedo; hoy todo me huele a zumo rancio de frutas tropicales a las tres de la tarde en un autobús atestado de niños. Es tarta de dulce de leche, la hago yo misma. Con estas manitas. Y con esto tan bueno qué quieres, matar al viejito y que te deje la herencia, ¿no? Ella se ríe. Cubre su cara con las manos, agacha la cabeza. Se ha descubierto el pastel, bromeo conmigo mismo. Y acepto sin más que al viejito le pueden ir dando mucho por saco porque el pastel nunca había sido para él. Gladys se ruboriza y cambia de tema: el calor, mis dolencias, cómo te fue con el médico ayer, una amarilla por la mañana y otra antes de acostarme, una roja cada ocho horas.

Algo sospechan. Ocupo con recurrencia el asiento de atrás, ella se gira, me mira y yo escucho música, o eso cree mientras le invento una vida, unos hijos en su país a quienes llama cada semana, pobrecitos míos, tan lejos. Este vicio de narrar vidas ajenas, inventar destinos dispares, tal vez irrisorios, pero quién dijo que la verdad es más realista. Fingir que miro por la ventana simplemente porque se escucha mejor lo que dicen. No es fácil. Uno no sabe hasta qué punto inventa o corrige sus frases, añade acotaciones a sus actos… Él bromea con la operación bikini. Ella se ríe. Con un gesto imperceptible acaricia su brazo, le ríe la gracia. Se toca el pelo. Se hablan al oído, comparten  confidencias eclipsadas por el ruido del motor y los gritos de los adolescentes que salen de clase y hablan de fútbol. Diez minutos, cada día. Yo en su nuca, espiando sus guiños, su ritual de desearse en silencio, públicamente, qué pensará la gente. La imagino esperando a que lleguen las dos y media mientras le da el almuerzo al viejito, lo lava, lo peina. Pobre viejito, lo trata muy mal la familia. Ni te imaginas. Y él asiente y mira al suelo; un hilo de zumo que viaja en dirección al conductor entre zapatos y bolsas del súper. Menos mal que estoy yo, qué sería de él, yo le cuido, le doy cariños… Y encima la hija hoy me dijo… Y ahí va la broma que rompe el hielo porque Paco, o eso intuyo y acepto sin más, es demasiado hombre para dejarse ver pensando qué será de mí cuando sea uno de esos viejitos a los que Gladys pone pañales antes de irse: pues yo también necesito muchos cariños, y ríen, entonces, y ella le da un golpecito en el brazo, se toca el pelo. Y por la noche necesito más. Calla, animal.

Algo sospechan, porque ella se gira y me mira con insistencia, sabiéndome testigo de algo que no está pasando, para nada, por dios. Él se levantará, se apoyará en su hombro para amortiguar los frenazos, mañana nos vemos, bueno, mañana puede que no, ya te aviso si puedo. Pero entonces el zumo, el pantalón, vuelvo a mi piel y algo se mueve. Mi móvil. Suenan Sex Pistols. Gladys se gira. Me mira. Buenos días, mi nombre es Miranda y le llamo de Orange. El motivo de mi llamada es ofrecerle una oferta cuya vigencia es limitada. ¿Tiene usted conexión a la red en su terminal? Lo siento, Miranda. El nombre es gratis, la primera imposición, pienso. Eso primero que somos y no elegimos ser. Me han ofrecido la oportunidad de mi vida. Me marcho. A trabajar. Aquí la cosa está imposible, ya sabe. Y aquí mi narración de mí mismo, una diferente, otra cualquiera, como la que me cuento al despertar cuando veo una cara en el espejo. Versiones actualizadas de mi presente. El tema es que soy arqueólogo, las ruinas mayas, un nuevo descubrimiento y voy a trabajar en las excavaciones. Gladys se gira sin dar crédito, y Paco, tal vez se llame Vicente, a fin de cuentas, se ríe mientras avanza penosamente por el pasillo, esquivando adolescentes sentados en el suelo con sus mochilas y sus zumos de frutas tropicales, guiñándole el ojo a Gladys que se despide, brillante y compuesta como un busto de mármol que agita la mano elegantemente, decentemente, hasta que él baja y ella se santigua mientras lo ve cruzar la calle hacia su casa y besa el cristo que se esconde en sus dedos cruzados. Se gira, me mira, así que los mayas… No, qué va, me gusta inventar historias. En realidad soy médico, me voy a Haití, a ayudar a los pobres niños, las catástrofes naturales, las inundaciones, el cambio climático; los pobres niños que salen por la tele con sus caritas de hambre a la hora de comer, en las noticIas, llenos de moscas. Hay tanta maldad en el mundo, dice Gladys torciendo los labios, después se santigua… Mentiras a medias, no hay que decirlo; renglones torcidos, personas que buscan otra historia de la que ser protagonistas, cuerpos que anhelan ser narrados y ese terror de ignorar lo que somos, ese horror visceral de escamotear la propia piel al denso fluir de los días que resbalan hacia el conductor, recorte su vida por la línea de puntos, pegue los bordes como indica el manual, relatos dormidos, caretas sin argumento, espacios vacíos, como páginas en blanco que se han de escribir.

10 de noviembre de 2012

SOBRE EL SENTIDO DE LAS CENIZAS


"Serán ceniza, mas tendrá sentido"
F. de Quevedo

“No, no es el amor quien muere”
L. Cernuda

… ni esta vieja costumbre de mirar mi buzón, que es el suelo, con la misma mirada inquisitorial de cada día, tras retar al futuro con la misma frase que esconde un ojalá, seguro que hoy tampoco, como siempre, como todos los días, como todas las tardes, cuando uno sale de casa, a veces un sobre blanco, parece, desde arriba, pero no, porque abajo son las mismas facturas de siempre, el mismo panfleto de la pizzería de siempre, con los mismos precios y distinto diseño. Uno se enfada con ellos, con esa masa informe de hojas de colores que se mojan si llueve, que se mezclan, que esconden facturas que acabo tirando, tiempo después. Mi pequeña venganza es no recogerlos metódicamente, obviarlos como parte del suelo, letras mojadas, anuncios, recibos del banco, los Testigos de Jehová. Pequeños gestos que nos convierten en lo que somos, no hay más, por más que te diga el Corte Inglés; las mismas breves pausas tras las mismas palabras, mirar al suelo en las mismas esquinas, eso que no morirá con nosotros y va a sobrevivirnos necesariamente. Esas pequeñas elecciones inaccesibles a nuestro entendimiento tan con sus causas, efectos y perros de Paulov. Nada basta para entender la insondable razón de lo que nos mueve, lo que le dio cuerda a los resortes de este continuo ir pasando de los días, esta forma de llamarte a gritos cuando abro la puerta en silencio y advierto que no hay más correo que el esperado. Y no es otro que el que no espero para nada, porque uno ya va empezando a recibir toda la mierda navideña que por estas fechas vomitan católicamente por el agujero de la puerta que se supone que es mi buzón. Y entonces habrá que agacharse y revolver entre las palabras amontonadas en el suelo, papeles de colores, oferta kebab dos por uno, han abierto una peluquería, factura del móvil y ninguna palabra que valga la pena leer. Letras indignas, a mi entender, como esos grandes nombres en las enciclopedias, palabras clavadas al diccionario como mariposas en los paneles del aula de biología. Ya teníamos constancia de ello. Las grandes palabras, las grandes ideas que no dicen nada. Y es inútil que la Historia las repita, porque lo único capaz de cambiar el mundo es el aleteo de una mariposa dios sabe dónde o simplemente esperar que haya una mariposa aleteando al otro lado de todo, que en el fondo de esa maraña de palabras mojadas tras la puerta brillen unas letras que habrá que recoger con sumo cuidado.
Y esa esperanza tenaz es lo que no va a morir, ese buscarse, ese modo de arañar el muro que nos separa de la verdad que intuimos en las palabras que quedarán fuera de la Historia, eso que nos precede y no morirá con nosotros. A poco más puede uno aspirar, realmente, que a ser maestro de ese bello arte que es dejar papelitos entre las páginas de tus libros para que tú los encuentres, tiempo después, y te sonrían. Palabras que cambian el mundo, que operan en el alma de las cosas, desde adentro y, si no, alguien debería explicarme cómo puede morir el lenguaje de las abejas zumbando en un batir prediluviano, un acto de amor en sí mismo, ese algo que nos trasciende y que nos supera, esa pulsión de buscar las palabras de las que formamos parte, eso que inocentes llamamos amor y que nos siente a nosotros, que nos contiene y nos guarda mientras vamos perdiendo pelo y muriendo en la memoria de las palabras. Mi Alzheimer no será más que otra forma de darle nombre a eso que nos hace eternos. Y reloj querrá decir amor, y si digo qué hora es por cuarta vez, querré decir amor y no otra cosa. No, no es el amor quien muere…

6 de octubre de 2012

LO INASIBLE



-Me mandan de la empresa de trabajo temporal.
-Buenos días, primero.
-Lo siento, buenos días.
-Siéntese. Ya le habrán comentado…
Con lujo de detalles. Y la verdad, su puede usted ir yendo a la mierda, me dan ganas de decirte.
-Iguazú.
-Sí, viaje de novios.
-Y ésta es su esposa, supongo.
-Deje la foto, haga el favor. Después las huellas del cristal no salen con nada…
-Un marco muy bonito.
-Pues sí…
-Ya ve, nos da por enmarcar fragmentos de nuestra vida. ¿No le parece?
A veces me da por soltar estos comentarios fuera de toda lógica dialéctica, palabras ajenas al contexto. Tal vez no poseo esa barrera que impide a la gente decir lo que piensa; hago verdaderos esfuerzos y ahora me da por pensar en aquello de la memoria hecha imagen, perfectamente rectangular, no vaya a ser que se nos olvide que hemos vivido, que hemos estado en tal o cual parte, que has visto Iguazú a través de tu objetivo, buscando un enfoque, poniéndole un marquito, un encuadre que haga encajar tus recuerdos desde una perspectiva adecuada…
-Sí, claro…
-Hay que ponerle límites a las cosas, supongo.
-Me hago cargo.
Pero no has entendido una puta palabra, cabrón. No asientas. O al menos eso tendría que haber dicho exactamente y, sin embargo… Me niego a cambiar de tema.
-Ya sabe, Iguazú, debe de ser algo inmenso, inaccesible para la mente humana. Somos incapaces de entender cada momento, formamos parte de él y nos molesta no poder apoderarnos de lo que vemos. Pretendemos hacer nuestra la realidad, ya ve usted: la realidad… Darle un sentido, unos límites precisos que se solapen perfectamente con aquello que queremos recordar, como las fotos de carnet en el cuadradito del formulario. Archivamos el mundo por carpetas y así la naturaleza se convierte en paisaje a través de nuestros ojos o del objetivo de la cámara. Una forma de poseer lo inasible…
-Me ha gustado esa última frase.
Y a mí tu mujer con Iguazú de fondo, formando parte del paisaje, como uno de esos trofeos que alguien cuelga en el despacho, diplomas y copas del mus sobre la tele. Pero hay que decir, qué sé yo, cualquier obviedad y salir del paso…
-Bonita corbata.
-Las compra mi mujer.
-Tiene mucho gusto.
-Veo que presta atención a los detalles. En esta profesión eso es importante.
La ironía es una venganza inmediata en un lenguaje que solo uno entiende y empiezo a esbozar una imagen cómica de tu saber estar tan en ti mismo, de ser lo que hay que ser, tan sin pena ni gloria, un hombre tan entregado a su trabajo, sin vicios, fíjate tú, al menos conocidos; menú del día en el bar de la esquina, la letra del coche, la corbata de los jueves y ese miedo a salirse de lo que hay que hacer, porque hay que hacer lo que hay que hacer y todo lo demás es mear fuera del marquito dorado en el que vives, formando parte del paisaje, tan abrazado a tu mujer en shorts con cataratas de fondo y dedicatoria en el dorso. Habrá que decir cualquier sandez…
-En cualquier profesión, supongo.
-Claro. Entonces… Historia del arte, me decía…
No te decía. Pero quieres que aparte los ojos de los shorts de tu mujer, que te diga lo que soy a grandes rasgos, lo que dice mi currículum de mí. Procedo:
-Bellas Artes.
-Perfecto. Y veo que le gusta la fotografía.
-Trabajé algún tiempo en una agencia de publicidad.
-Bonita profesión.
Porque hay que decir lo que hay que decir y todo lo demás sería la pura verdad; pero eso no procede y venderle la moto la gente, sacarle la pasta de los bolsillos a cambio de hacerles creer que son felices por un instante, es una bonita profesión; preciosa, sí señor, aunque no tanto como la tuya, obviamente, y siempre nos quedará hablar del tiempo, de lo poco que llueve, del polen, de las alergias.
-Seamos sinceros.
-Adelante.
-Usted no me quiere aquí. No sé si lo sabe.
-Explíquese. No entiendo.
En realidad no has entendido una puta palabra desde que he entrado por esa puerta, porque no te pagan por entender a nadie sino por escribir tal o cual nombre sobre la línea de puntos, estampar el sello corporativo con su palomita, la paz eterna en tinta negra. Los operarios hacen el resto.
-Entiéndame. Pintar muertos no me apasiona…
-El maquillaje funerario es una profesión muy digna y muy necesaria. Mírelo desde otro punto de vista… Embellecer el último recuerdo que las personas conservarán de sus seres queridos.
Sus seres queridos. Uno entra en este mundo y empieza a hablar así de los muertos. Sucede en cualquier profesión y, cuando la muerte es la tuya, habrá que ser asépticos y no tocar a los muertos ni con palabras. Funerarias Cifuentes, veinte años embelleciendo despedidas.
-No sé qué decirle. La verdad, necesito el dinero.
-Por mí, si quiere, puede comenzar mañana mismo.
Será un placer, Señor Cifuentes, tendría que haber dicho. Pero uno siempre piensa la respuesta perfecta segundos después de haber contestado con una obviedad impertinente, y entonces se tortura repitiéndose como un mantra la frasecita que hubiera tocado decir o simplemente la deja caer segundos después, cuando ya no tiene sentido ni verdad. Me gusta recordarme diciendo aquello que no dije. Nos pasa a todos, espero.
-Su mujer está… Muy buena. Realmente…
-Lárguese. ¿Por qué me envían siempre retrasados mentales? Y aquí no vuelva si no es con los pies por delante para que yo mismo le meta en un ataúd. ¿Me entiende?
-Será un placer, Señor Cifuentes.

14 de septiembre de 2012

LLAMÉMOSLE LUIS



“Una especie de responsabilidad de demiurgo, por darle un nombre (…), 
un poco por salir de la costumbre y otro poco 
porque la idea de desencadenar algo, cualquier cosa,
me parece oscuramente necesaria”.

62 / Modelo para armar
(Julio Cortázar)

Llamémosle Luis. O Pepe. Hace cara de Pepe, Interviu bajo el brazo cuando va a cagar, chándal el fin de semana, desayuno popular frente al taller, cada mañana. Tal vez sea verdad y se llama Luis o Pepe, cosa que me horrorizaría como inventor de vidas ajenas, pero nunca antes de transitar ese espacio del orgullo creador, la realidad naciendo de estas suposiciones estúpidas, bajo el ficus del parque. Bautizar a las personas con los nombres que deberían tener, regalarles esa vida que no llevan, ofrecerles un guión sin que lo sepan. Cualquier coincidencia… Ya sabes. Uno espera ser más original que esa verdad que va esculpiendo la rutina. Para ello hay que ser realista, la forma más eficaz de alejarse de la realidad. Nada más irreal que lo verosímil, y aquí llega Pepe, habíamos concluido. Divorciado. Va a ver a su hija, su traje de los domingos, obviamente; colonia barata, la raya del pelo a la derecha, como cuando se peinaba. Va con prisa, carga unas bolsas del súper. Asoma una barra de pan. Acaba de hacer la compra para hacerle la cena a la niña. Un fin de semana cada quince días. Se arrastra por el mundo desde entonces, tampoco le conmueve ese reencuentro quincenal. Hoy no va a emborracharse. Esta noche no baja al bar, por mucho que sea viernes y haga un calor de mierda, película Disney y a la cama, sintiéndose bendecido por un rato mientras se fuma el Ducados de antes de dormirse. La vida es muy perra, Pepe, pero al menos te regala un beso de buenas noches cada quince días, verás Pocahontas y te dormirás como esa gran persona que nunca has sido y ya has hecho tarde para ser nada, descubres al despertar, café con madalenas. Después al parque, buenos días, buenos días, al parque, a pasear a la chiquilla, eso está bien, hace un día precioso, no voy a dejarla en casa todo el día, hasta que Vanesa gira la esquina. Hace cara de Vanesa. O de Jenifer. Vanessa, con dos eses: el nombre es gratis. Botas de cuero, pelo planchado y escotedeinfarto, dirían en la tertulia de después de comer. Demasiado joven. Fuma, seguro. ¿Tienes un cigarro, guapa? Hazme el favor. ¿Y fuego, tienes? Le doy las gracias y se larga, guardando el mechero en uno de esos bolsos del chino hechos de ese plastiquete negro que imita el charol. Y todos mis prejuicios en tropel; se va de fiesta, eso es seguro, va a pasar por casa de su amiga, la ha dejado el novio. A su amiga, digo. Va a comprar el botellón, esta noche seguro que vuelve, con su amiga, a los banquitos. Se pone esto de bote en bote. Siempre me paso, me dan tabaco y vuelvo a casa. La cosa está fea después de las doce. Estudia peluquería en un salón de belleza; son otra tribu urbana, se las ve venir. Pero el que viene es Luis, o Pepe, con una niña de la mano, ¿te ha metido tu madre ropa interior en la mochila? La última vez… Y compra un paquete de Ducados en la máquina del bar, y caminan hacia casa, juntos, y uno se indigna porque qué sabrá la vida, su puta madre, ya es tarde para ir a casa y pronto para volver. Hoy no se cena, parece. Éste es camello; mira qué cara. Seguro que fuma. ¿Tiene un cigarro, caballero? ¿Y un euro para un bocata? 

18 de mayo de 2012

CINCO MINUTOS

-Cinco minutos.
-Sí.
-Bueno, a veces es demasiado.
-Cierto.
-Voy a escribir tu nombre en este papel, ¿sabes?
-¿Así? ¿Y ya está? No te precipites, anda…
-No te rías. Lo voy a hacer. Tú haz lo que quieras.
-Es algún tipo de estrategia, ¿no? Ya sabes. Atacar directamente a la presa. Clavar un clavo ardiendo en la pared para que yo me agarre.
-Somos humanos. Somos así.
-Ya.
-De todos modos, voy a escribir tu nombre.
-Mi número. Somos números. Mira.
-El siete. Me gusta.
-¿Una especie de señal?
-Tal vez…
-Eres un puto friki, ¿sabes?
-Son las gafas.
-Tal vez…
-No me imites, que me doy vergüenza. Escribe el cuatro.
-Me gusta. Es par. ¡Mesa para cuatro! Genial, las mesas son cuadradas… ¿Mesa para cinco? Pues ya, mal; a uno le va a tocar esquina, ya sabes…
-No te rías. Vámonos.
-Pero ¿dónde vas?
-Nos vamos. Ya.
-No se puede abandonar a mitad. Son las reglas.
-Pero no quiero exponerme a verte salir por esa puerta con cualquier imbécil.
-¿Haces esto en todas las mesas?
-Claro, me dedico a esto. Acudo a  estas cosas de citas a ciegas, hechizo a mujeres, las conquisto poco a poco, conquistar como los romanos, ya sabes, ocupando espacios, lentamente, anexionando fronteras… Hago que todas me elijan a mí. Después, me voy. A mi casa.
-Anda, un bromista…
-Reírnos… Es lo que nos queda, la última victoria…
-¿Humorista?
-No. Le quito polvo a los libros.
-¿Ama de casa?
-Muy graciosa. No, bibliotecario. Archivista.
-Apilas papeles.
-Puede decirse así. 
-Ya.
-¿Y tú?
-Pues nada. Conquisto hombres, así un poco como… Atila. Sí…
-El rey de los Hunos…
-Justo. Pisando flores, rompiendo jarrones. Entro en sus vidas como elefante en cacharrería. Si son mayores, mejor. Se dejan mejor, rinden sus armas…
-¿Por qué te burlas de mí?
-No, en serio. Bromeo. Me haces gracia.
-Si las haces reír, está todo hecho…
-Gran mentira.
-Otra gran mentira.
-Pues sí, porque a mí Woody Allen me da risa, pero ya ves…
-Claro. No te fíes de nadie que se folla a su hija, ¿no?
-¿Haces broma de todo?
-Qué remedio…
-Suena derrotista.
-Dijo ella, sin ánimo de hacer bromas…
-Eres un caso.
-Díselo a mi psiquiatra.
-Eso también es broma, ¿no?
-No, en realidad soy patológicamente obsesivo. Regreso a casa varias veces para ver si el gas está cerrado. Voy a ponerme vitrocerámica, ¿sabes? Pero mientras… Es un infierno. La luz, el grifo que gotea…
-¿Hablamos en serio?
-Prueba.
-Así que archivista.
-Sí.
-Seguro que vives en una especie de santuario, rodeado de libros…
-En mi casa no hay más libros que los diez o doce de los que nunca podría deshacerme. Y nunca los leo. Son objetos. Llenos de recuerdos, nostalgia… Polvo no tienen, eso sí. Defecto profesional.
-¿No tienes libros?
-No. Los regalo. Los dejo en el autobús, en el asiento del metro… Seguro que alguien los lee en algún momento.
-Que optimista.
-Sí… Cuando voy de viaje me llevo un par y los voy diseminando…
-Como flores en el prado del mundo…
-No te rías. Eso es verdad. Tal vez la única que te cuente. 
-Lo siento. Frivolizaba…
-Claro que antes hecho un poco de Antrax entre las páginas más pecaminosas. Putos herejes…
-¡Cabrón!
-Donde las dan… Pero en serio, no conservo libros. Polvo y palabras, al fin y al cabo…
-Que viene a ser lo mismo.
-Justo. Somos eso, palabras. Mentiras que nos contamos. Las palabras son mentiras en sí mismas. Somos papeles en blanco, buscamos palabras que nos cuenten, de algún modo; que digan lo que somos. 
-Ya. Polvo y palabras.
-Nos escondemos tras ellas, apostamos por ellas. Otro refugio, otra amenaza… Dentro de poco sonará esa puta sirena y el imbécil que tengo detrás se va a sentar en esta silla. Te contará otras mentiras, otras verdades a medias. Es como un juego. Al fin y al cabo… Tú eliges. Se lanzan los dados… 
-Pobrecillo, qué cara de amargado.
-Registrador de la propiedad.
-¿Lo conoces?
-Hemos hablado en la puerta, fumando. Le dejó su mujer.
-Normal… Entonces, fumas.
-Como si el mundo fuera a acabarse mañana.
-No te gires. Ahora mismo se ha sacado un pañuelo del bolsillo de la americana, perfectamente planchado, su madre, supongo…
-Claro…
-Se está secando el sudor. Suda como un cerdo, pobre hombre…
-Apuesta por él.
-Por sus mentiras, ¿no?
-Y después le dices que se desate la corbata.
-Qué cabrón… Da pena…
-Vámonos.
-No puedo, ya te lo he dicho.
-Cuando suene esa sirena sentiré que ya he perdido. ¿Sabes? Si no nos vamos ya, no voy a escribir tu nombre. Definitivamente…
-Mi número.
-Joder. Tengo ya convencida a la de rojo, la del escote. A tus nueve, junto a la puerta del baño.
-Chantajista…
-Vamos a otro lugar. Te invito a cenar.
-Muy galante. Pero lo siento, suelo pagar lo que como, gracias.
-Pues tú invitas.
-Déjalo.
-Pagamos a medias.
-¿No te rindes?
-Nunca. Como los romanos.
-Hasta que llegan los bárbaros. Mira. Disimula. La que está detrás de ti, la que está hablando con el registrador sudoroso…
-Qué pena te da, pobrecito…
-Qué pena me da ella, es mi amiga.
-¿Tu amiga?
-¿Y si te digo que está casada?
-¿En serio?
-Solo viene a acompañarme. Para que me sienta segura. Sabe que si no, yo nunca hubiera venido. Hemos estado una hora para sacarle el anillo.
-Pues nada, nos vamos, le ahorramos el mal trago, ella se va a casa, con su marido, con su anillo, tranquilamente y todos felices.
-¿Y si te digo que no es ella la que está de acompañante?
-Entonces, la del anillo eres tú…
-Muy perspicaz.
-Ya.
-¿No te gusta mi amiga?
-Sí, claro, parece muy limpia…
-No te burles de ella…
-Cuando le he dicho que era bibliotecario ha dicho: ¡Anda! Muchos libros, ¿no? ¡Cuánto polvo! Por eso te he venido antes con el cuento de… Mierda.
-La bocina. Le toca a otro imbécil.
-¿Escribo tu nombre?
-¿Ahora preguntas, romano?
-No sé…
-Juégatela.
-¿Una apuesta?
-A lo mejor me has gustado y te estoy probando…
-O a lo mejor es verdad y te ríes de mí.
-Donde las dan…
-Claro. Los bárbaros.
-Compruébalo. Se lanzan los dados…
-Su turno caballero, ocupe su asiento. Aquí te dejo con el imbécil.
-¿Gana la banca?
-Veremos…


25 de abril de 2012

ESCOMBROS



…una herida íntima e inaccesible, como alguien que siempre lleva esa camisa de cuadros porque te sienta tan bien, dijo ella un día, y ese alguien lo admite como una de esas últimas verdades en las que no se puede dejar de creer; pero años después, la misma camisa, qué cursi me parece, dicen todos, y a uno lo hieren en lo más escondido de su persona, más allá de la camisa, de lo cursi o lo demodé; lo hieren profundamente allí donde qué guapo estás con esa camisa, mi amor, y otras verdades a medias que nos construyen, muros de palabras que se conforman en hitos de nuestras historias personales, un antes y un después de esta camisa. Las torres gemelas, pues sí, qué te voy a contar, da pena ver cómo los muertos se exhiben como las últimas ofertas en los escaparates, pantalla de plasma y montones de cadáveres y escombros, no vaya a ser que apartemos la vista de lo mucho que acecha ahí afuera, pero nada más; no hay más tragedia que cuando a uno le insultan en toda la camisa a cuadros, fea como ella sola, eso se sabe, pero Cronos se comió a sus hijos y eso sí es feo, joder, más que la camisa, y ahí, en los mitos, reside ese compendio de los que somos, esa suerte de radiografía o esbozo de emociones y mala praxis vital sobre la que unas civilizaciones engullen a otras y les hacen hablar en su lengua, y eso mismo sería la cultura, el estado embrionario de lo que decidimos ser si no fuera por esta camisa de mierda que te queda tan bien, mi amor, y otras verdades a las que no renunciaremos nunca, por falsas que sean, tan falsas como los mitos. Por eso pueden caerse otra vez las torres gemelas, pero a mí que no me hieran en la puta camisa que tan bien te queda, que te hace tan joven, mi amor, salimos fuera a cenar. Besas tan bien, y uno acaba por creérselo y muere besando de ese modo tan odioso; uno acaba recurriendo a las frases célebres de los azucarillos como a un mantra que se repite de cena en cena, como diría Oscar Wilde… Este poema… Es mi poema. Y uno se planta sobre este tipo de pilares inamovibles y duele que a uno le señalen que son tan falsos como la vida misma, que ese mantra repite la misma mentira que otro cualquiera, te puedes cagar en la boca de todos mis muertos pero no desmientas mi costumbre de andar pisando las líneas en los pasos de cebra, de recoger las plumas en buen estado, de hacer que aparezcan piedras con formas extrañas, esa forma de jugar al juego de las nubes, cansados de mirar el cielo, cegados de luz, miramos el suelo, buscamos su recuerdo en las aceras, piedras que quisieron ser nubes, nubes que cayeron al suelo y se convirtieron en piedra, como Ícaro que quiso ser nube y acabó siendo agua, como la arena de la playa es piedra soñando licuarse. Y es así, aunque pasen los años y esas costumbres se conviertan en piedras que a veces se instalan en la acera, en el riñón o en la vesícula, beba mucha agua, pero en ningún caso siga buscando nubes en el suelo, y es en balde porque oteamos el milagro entre los cascotes del derrumbe, lo escuchamos golpear en los escombros, allá en el fondo, escalando por el recuerdo que guardamos de su presente, lo que quedó del lenguaje, la efímera verdad que vamos reconstruyendo, eso que debería parecerse a lo que fuimos, hecho piedra y escombros en el riñón, las torres gemelas, va a tener que beber más agua y otras tantas mentiras que vamos guardando en los cajones y van convirtiéndose en heridas, íntimas e inaccesibles…

27 de enero de 2012

LO CONTRARIO QUE LOS RELOJES



El tiempo es aprender a perderlo como quien lanza al río la enciclopedia universal, tan llena de palabras y de ideas. El tiempo es lo que queda después de todo, después de quitarle el polvo a los libros que nunca leímos pero guardamos por si acaso. El tiempo es lo contrario que los relojes y, sin embargo, así andamos, dándole cuerda a las manillas, perdiendo metros y días, ganando un poco de tiempo porque almuerzo en la oficina. ¿Tiene hora? Pero el tiempo no se tiene y uno olvida la respuesta, porque tener el tiempo es como ponerle una correa al aire, peinar la niebla o sacrificar un cigarro para que llegue mi bus; como ponerle un marco bonito al vacío o a una mancha en la pared, enmarcar la vida en diversos tonos, se duerme de noche, se cuentan las horas de día. El tiempo es no encontrar fechas en los periódicos atrasados, andar hacia atrás cuando hay prisa, sentarse en el suelo en los pasos de cebra, dejar flores de papel en los asientos del metro para que alguien las coja o las aplaste dios sabe cuándo y en qué parada. El tiempo es su propia ausencia, su no existencia, su negación desde los orígenes hasta el mismo momento en que esto reviente y entonces vaya usted a preguntarle a su vecino la hora, porque ya no hay más hora ni relojes y uno intuye que hay algo que pasará por encima de toda esta patraña de horarios y agendas, desordenando este mundo donde el tiempo es tiempo sólo porque hay algo que lo mide, el ansia por modelar lo inasible, atesorar lo intangible, razón sexagesimal de la vida y sus resortes, de mi cara en el espejo, de las fotos que amarillean en la enciclopedia universal.

5 de enero de 2012

AGORAFOBIA


Como una bestia herida vuelvo a casa, con una lista en la mano. Tomates, vino, pasta, pimienta, carne picada, queso, cebollas. Fuera ha quedado el resto, aquello que llaman vida, la sobrecogedora experiencia de saberse vivo y en marcha, escupido por la misma parada del metro, cada mañana, próxima parada, ésta es la mía y parpadea ese destino nuestro de cada día, en una pequeña pantalla, letras rojas que anuncian una plaza del centro, y esa voz, y soltarás la barra donde te coges tercamente mientras miras al suelo. Fuera está el ruido, la gente, todo aquello que no me pertenece y temo, espacios abiertos que me empujan, aquello que denominan aire libre y traza esta última frontera que es mi piel, defendiéndome del mundo, del resto, de aquello que queda fuera de todo lo que creo ser, aquello que se estrella contra mi volumen, el breve espacio en que soy, reducto epidérmico contra el más allá de mí. Fuera está todo y yo aquí, por fin, liberado de la condena de vivir entre otros y olerse, esquivando miradas y los asientos libres junto a los viejos que te hablan y te miran a los ojos; libre de la condena de naufragar cada mañana, a la deriva entre miradas que se esquivan y evidencian mi contorno, lejos de ser dibujado en las córneas ajenas, reflejado por vitrinas donde te evalúas antes de entrar al trabajo, todo en orden, dispuesto para la escena y la trama, poniéndote en la piel del personaje que eras y hacías respirar y sudar el viernes pasado, caracterizado de aquello que todos esperan que seas, la chica jovial, el gracioso de la oficina, modelándote perversamente, tratando de encajar en las costumbres, revisando la bragueta: cerrada, el último botón de la camisa.



Donde acaba mi piel empieza el resto, aquello que ya no soy yo y quiero a distancia, fuera de mí, al otro lado de todo. Pero he ampliado este último reducto por la supervivencia que recorro con jabón cuando me ducho; me he establecido detrás de la persiana. El mundo está fuera, y yo aquí. Agorafobia, lo llaman, o eso es el que decía el psicólogo de empresa durante la última llamada que contesté al móvil. Ya lo he apagado, buenos días, señorita, querría darme de baja. De todo. Ya no tengo el mismo número; ya no soy la misma sucesión de cifras aleatorias en que me ha convertido el azar para los demás; liberado de esa palabra que se ordena alfabéticamente en la lista de contactos de mis contactos, de forma sistemática, entre la ele y la ene, otra rendija por donde el resto accedía a mí, buenos días, señor, le llamaba para ofrecerle la última oferta en telefonía móvil, pero ahora es el psicólogo, y usted está enfermo; le aconsejo que no deje de acudir al trabajo. Le hará bien no encerrarse en casa, cómprese un perro, quede usted con los amigos, alguna tarde. Uso a veces, eso sí, el teléfono de casa, un viejo aparato estilo góndola y pido comida para llevar, o marco unas cifras, un teléfono de la ciudad. Primero el prefijo, después cuatro cifras, arbitrarias; no sé quién son, tan sólo quiero escucharlos. Tal vez quiero saberme todavía parte de algo, de un lenguaje común, esa capacidad de decir hola, cómo va, a la que he renunciado voluntariamente. No digo nada; podría hacerlo. Después cuelgan. Y así vuelvo a inventar esta victoria que celebro contra el mundo, contra aquello que me liga al resto. Alguien contesta, quién es, y abre una puerta a la comunicación, invita al personaje que fui a decir, me invita a ser, otra vez, pero yo no quiero ser, y el animal político que soy cuelga el teléfono, enciende un cigarro, apura un café helado de ayer, se dirige a la ventana. Matizada por la persiana, la luz del sol no resulta tan hiriente. El resto, allá fuera, yace impasible, como las fieras al otro lado de la reja, en el zoológico.


Sólo quiero saber, tal vez, que todo continúa igual tras la ventana, que el tiempo hace girar sus resortes y alguien preguntará siempre quién es al otro lado del auricular; que allá fuera todo sigue fluyendo, que sigue habiendo un mundo del que ya no soy parte, que ni por un instante se dejan de superponer modas y voces aceleradas en las imágenes de la tele, titulares en los periódicos, bodas del año y noticias de última hora. Sólo quiero saber, de lejos; buscarme, implosionar y permanecer en mí; dentro de la piel mis órganos, mis fluidos y yo, acurrucado, ante ese impulso que me recluye en mis límites; preguntándome qué es aquello que empuja desde fuera; preguntándome qué sentido tiene preguntarse, después de todo, como si saber por qué nos convocara a una realidad preexistente en las cosas. 
Revistas de autoayuda, Paulo Coelho u otros mantras varios en la era de la autorreflexión y el autoconvencimiento, convertido en un experimento para mi propio disfrute; evaluarse, probarse, conocerse; psicoanalícese usted mismo en tres simples pasos, sepa quién es con este sencillo test de diez preguntas, sume los puntos y sabrá que quiere, por qué extraña razón no lo envía todo a la mierda, por qué sigue pensando que puede ser hoy ese día, aferrándose a la barra del metro, si ha marcado a) en la primera pregunta, usted es un enfermo, totalmente inútil para la vida social, mera carencia de las mínimas destrezas comunicativas. Conócete, búscate, registrado entre el montón de pulsiones que te hacen huir y decir basta; delimítate, defínete, marca casillas. Ante un reto, ¿qué hace usted? Marco la a). Esto es usted. Pero siga buscándose en la próxima edición de la revista, tal vez se sorprenda y descubra si es usted una de estas personas que tropieza dos veces en la misma piedra o si es una persona flemática, inconstante, egocéntrica. Puede convertirse en un modelo de usted mismo, no se conforme; puede transformarse en la persona que siempre ha soñado ser, en aquello que siempre ha querido que digan de usted mientras usted está en el baño y no escucha; podrá ser esas palabras que repetimos como un mantra, yo soy, yo soy, yo soy. Pronombres personales de primera persona y otras mentiras que nos contamos para poder dormir cada noche con una certeza, al menos. Yosoy, yosoy, yosoy, otra falacia que vuelve sobre sus pasos, otra de esas frases que se leen igual desde el final, lenguajes circulares que no dicen nada, yosoy, palabras que rebotan contra el espejo al que señalamos diciendo ése soy yo, palabras que recomienzan en este juego de imágenes donde nos buscamos. Mientras tal cosa no acontezca, de momento, todos estamos. Todos cambiamos la cara cuando reconocemos a alguien en la parada del metro, como si te alegrase, todo va bien, la casa, el trabajo, ahora una sonrisa, tenemos que quedar para cenar, un día, y todo vuelve, de nuevo, a ser como antes cuando se va. Soy el mejor personaje que podría representar, historia de mí mismo, basada en hechos reales, afirmación rotunda de la farsa que me ha tocado creerme.

Hace tiempo que he perdido el hilo del argumento donde solía convivir con el resto de la especie, con la gente que hace cola para comprar el pan y traga croissants remojados en café durante la media hora de descanso; hace tiempo que el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura, ya hace tiempo que no estoy para nadie, inténtelo de nuevo después de unos minutos. Y así es como uno llega a sentir esta aversión por los espacios abiertos y la gente que los transita, y huye compulsivamente de sus huellas; así es como uno se va sintiendo incapaz de soportar no sólo el más mínimo contacto físico con el resto de personas, sobra con la idea de su proximidad al otro lado de la piel, el temor a que alguien deje constancia de su existencia en el volumen que me rodea. Pero llego a casa, por fin. Fuera ha quedado el resto. Nadie podrá señalarme ni advertirme de lejos. Yo ya no estoy, ya no soy, ya no cuento. En los márgenes de la narración que nos condena. Como una bestia herida vuelvo a la habitación, sano y salvo, con un papel en la mano. Tal vez ella lo ha doblado y lo despliego encima la mesa. Conozco a la gente por sus desechos, el contacto directo me supera. Es mejor suponerlos, recrearlos, rastrear un más allá desde la distancia. Hace tiempo la veo salir de casa por la lente de la puerta que se abre a la escalera. La escucho coger las llaves y me acerco, silencioso. La veo salir, maldecir a veces cuando vuelve porque se ha dejado algo, siempre igual, todos los días me tengo que olvidar la libreta, parece que estudia, es despistada. La escucho bajar la escalera, con la oreja pegada a la puerta. Le gusta ese tipo de olor dulce que busco en el rellano después, cuando ya ha cruzado la calle y se aleja por la avenida, y es cuando puedo dejar la ventana y volver a la escalera, a oler su perfume. Conozco la marca. Conservo una botella vacía que recuperé del contenedor. La veo bajar con la bolsa, cada noche. Después bajo yo, furtivamente, tembloroso; rescato su basura mientras el mundo cae sobre mí, ya sin techo, intemperie que me devuelve a mi volumen y recorta mi figura escapándose bajo las farolas. Después vuelvo a casa, y me escondo. Sé muchas cosas de ella. Podría decirse que la conozco bien. Le gusta el teatro, canta en un coro. A veces empieza sonetos que no acaba y después los rompe, convirtiéndolos en papelitos minúsculos que yo recompongo con cinta adhesiva. La recompongo a ella. La creo, la recreo cada noche a partir de sus desechos, la hago revivir de mí para mí; la invento y la reconozco a través de la mirilla. Ella no es más que la historia que escribo para ella, el argumento donde la encajo, la deriva que describen sus huellas. Sé qué parada de metro la vomita cada día, conservo los billetes que lanza al contenedor cada semana, sé cuando sube, sé cuando baja. Antes solía cenar con al alguien. Invento su memoria, sus costumbres, invento la vida donde se inserta cada mañana y esa narración es la única realidad a la que puedo acercarme. Desde el otro lado de la ventana, no hay más existencia para ella que la que nace en cada objeto que extraigo del contenedor. La recorto de aquello que la rodea; le doy otros límites, nuevos volúmenes enmarcan su existencia; la extraigo de su marco diario, de aquel contorno que la arropaba y, ya sola y sin contexto, vuelve a mí, filtrada, codificada por las líneas de la persiana que se abren al afuera, remodelada; reconstruida como un soneto sin acabar que cuelga de la pared; un cúmulo de recortes que la conforman y le otorgan otro sentido a la figura que veo alejarse por la avenida, cada mañana.



Sostengo la nota, una lista de la compra poco habitual. Vendrá a cenar él, otra vez. Hacía tiempo que no se sabía. Antes de pasar se limpiaba el polvo de los zapatos con la parte de atrás de los pantalones, ponía la mano ante la boca y comprobaba su aliento, sacaba un caramelo del bolsillo y entraba en casa lentamente mientras el olor de la cena se esparcía por la escalera; pasa adelante, decía ella, y él cerraba la puerta. No puedo negar cierto temor a que vuelva, a que otra vez hablen de él los sonetos no acabados, a que aquella íntima creación que era ella volviera a ser cautiva de sus ojos, tal y como decía uno de los versos tachados, tal vez miedo de que sea otro. Me pregunto qué haré, busco por dentro la respuesta. Qué haría usted en caso de que su vecina, invención y recreación suya, volviera a quedar con el tipo que silba mientras anda y se limpia el polvo de los zapatos con los pantalones. Marco c). Esperar a que vuelva a casa y baje la basura, siempre la baja antes de que él llegue.

Hoy tarda. Hace tiempo que no tengo tabaco y apuro una colilla del cenicero. Reviso las páginas de contactos de Internet, los chats, anuncios clasificados por donde la vida llega a mí, la misma historia, chico sencillo busca chica guapa, inteligente, formal. Pero chica guapa, inteligente, formal, busca chica morena, exuberante, grandes pechos quien ya había encontrado oriental, tipo universitaria, garantizada discreción. Ésta, también guapa y lista se acuesta con chico guapo, fibroso, muy dotado, rasgos latinos, discreción, quien acaba de dejarlo con casada busca chico, encuentros esporádicos que ahora busca, sin suerte, chica guapa, inteligente, formal. Me canso, hoy tarda. Ya es tarde. Descuelgo el auricular. Marco un número al azar, escucho una voz distorsionada que pregunta quién es, no soy, no somos nadie, tengo ganas de decirle desde este lado de las cosas. Pero tengo que callar y permanecer a distancia del vértigo que provoca tratar de ser algo. No tardo en colgar, parece que llega. Se detiene ante el contenedor y lanza al asfalto una nota mientras mira hacia mi ventana y me dice hola con la mano. No cabe duda, es a mí. La persiana está bajada, yo detrás. Fuera queda el resto, aquello que se mueve y respira y allá, en medio, ella, corriendo hacia casa, levantando la cabeza y mirando hacia aquí. Sabe también que hay alguien detrás de lente que la deforma cuando la veo buscar las llaves y entrar en casa. Saluda y se ríe.



Marco c) y bajo corriendo las escaleras, no quiero coincidir con nadie, esquivo ese pensaba que estabas fuera, mañana reunión de escalera, cómo va todo, bien, me alegro de verte y otras mentiras que nos decimos los unos a los otros y a veces nos creemos. Esta vez no, pero una vieja echa al contenedor la nota, la gente lo tira todo en el suelo, estos jóvenes, qué poco civismo, hija mía, y tengo que recuperarla del contenedor. Miro arriba, ella me mira a mí. Veo su silueta dibujada en la cortina y tengo miedo hasta que vuelvo a casa y el resto queda fuera, por fin.



* * *





Recorro sus límites. Ella también es un volumen. La invento de nuevo, los dos en la misma cama, mirando el mismo techo. Vuelvo a modelarla, reconozco sus contornos, la piel que pone límites a su persona, mientras se vuelve yo mismo. La convierto en parte de mí, creación de mis manos mientras la toco, mientras mido el volumen de sus pechos por debajo de la sábana. Resbalo por su consistencia, valoro la turgencia de un cuerpo que renace y trato de reconocer. Tienes que probar mis spaghetti carbonara. Quizás hoy, ¿en mi casa?, decía la nota. Nunca habría podido imaginar que yo también era una creación suya, que me espiaba mientras yo la espiaba a ella, que reía mientras me veía huir de las farolas con las manos en los bolsillos. Nunca habría podido imaginar mis papeles inacabados recompuestos con cinta adhesiva, colgando de una pared. Yo también leo lo que empiezas a escribir sobre mí y no acabas, sé que me observas por la persiana. Quiero conocer quién vive del otro lado de las cosas. Nunca lo habría imaginado. Marco b), y el resto queda fuera, más allá de todo, de las cuatro paredes que nos contienen, ella y yo, recreándonos, filtrándose el uno en el otro, a la deriva en fluidos que no son nuestros, conformando un único cuerpo, sé cuando duermes y bajo al contenedor, haces mucho ruido cuando te acuestas. Es entonces cuando no me vigilas. Eres esa constelación de recortes y papelitos que he pegado a la pared. Me tendrás que enseñar quién soy yo. Huyamos. ¿Tienes tabaco?



Donde acaba nuestra piel empieza el resto, aquello que ya no somos y queremos a distancia. Acurrucados en los márgenes de las historias que nos inventan, regalándonos una vida, recíprocamente, al otro de todo. Más allá de nosotros quedan las cosas, la gente, platos sucios encima la mesa y una lista de la compra que me ha caído del bolsillo; tomates, vino, pasta, pimienta, carne picada, queso, cebollas.

14 de junio de 2011

LO INDECIBLE

Se piensan las cosas, se dicen torpemente, juntamos palabras y gestos y así sabemos que algo queda prendido del hilo de la historia. Pero todo parece por decir y sólo nos queda esa insufrible tarea de escoger sílabas y alambres en los contenedores del centro y construir mariposas, poemas o flores. Buscar palabras en los parques donde siempre alguien ha olvidado un vocal o una chusta que puede ser apurada, palabras a medio decir, traga saliva, eso que debía haberse dicho, pero siempre es después cuando se piensa, y uno puede rescatar un par de sonidos guturales, siempre valiosos cuando no se sabe qué decir, si es que algo queda, a fin de cuentas; si es que es posible esta ilusión de palabras que señalan cosas o se refieren a ellas como si una realidad pudiera ser dicha o señalada con el puntero del diccionario; como si algo pudiera ser referido; como si un juego de simetrías ordenara mis palabras y el mundo, a doble espacio y en cursiva lo importante. Las cosas al otro lado de mí, pero todo etiquetado en mi cabeza; y acabamos el día pensando que cuando decimos palmera, nos referimos a eso mismo y no a una lata o al deseo. Cómo decir lo que no quiere ser dicho, lo que no puede ser prendido de un hilo y no es sólo que el mundo no sea una pipa, sino que uno acabaría desistiendo si supiera que sólo existen esos rótulos sin un mundo al que adherirse. Signos que no dicen nada, neones sobre casas derruidas, palabras vacías que resuenan de esquina en esquina pero no señalan una palmera o un perro, porque perro y palmera son dos alambres que sólo están en mi cabeza y con los que uno lleva años tratando de construir una mariposa sin conseguirlo. Parece fácil si uno sabe dónde cortar y retorcer las palabras justo en el punto exacto donde semáforo puede llegar a ser una flor con pétalos de cobre. Contar el mundo, porque ya todo está dicho. Abrir una pausa en el centro mismo de la farsa, sacar las apariencias que simulan apuntar a un mundo que no está y, entonces, habrá que crearlo; contar historias en las peluquerías y mentiras en los bares. Habrá que contar, ya no decir, crear un referente y cubrirlo de alambres oxidados, hacer vivir una palmera del lado de acá de las cosas y hacerla volar como una mariposa o esas pequeñas cosas de valor medio enterradas en la gravilla, alguna chusta entrecortada, un lápiz sin punta, algunas palabras a medio fumar…

3 de mayo de 2011

DESIDIA


Qué importa, después de todo. Y sin embargo uno no puede dejar de recurrir a los libros de autoayuda, los abre al azar mientras caga, sentado en el baño, hallado el Shangri-La de sus deseos, el grado cero de uno mismo que se abre como una alcaparra y deja entrever sus semillas y sus miedos, sentado en la taza. Entonces, ayúdese mientras caga; conviértase en lo que pudo haber sido y no fue; no fue su culpa, no lo lamente, y sobre todo no se le ocurra sentarse en el sofá con cara de acelga a esperar que la vida se parta el pecho ante usted y el mundo rasgue sus vestiduras por su causa. Usted es el propio resultado de sus actos, fruto de sí mismo. Usted es lo que come. Usted es lo que caga. Usted es la mierda que respira cuando sale a la calle a comprar el pan. Usted es un destino. Usted es el final de un camino que hay que recorrer; ese reconfortante ir reconociéndose frente al espejo por las mañanas; ese recomendable ir ocupándose de uno mismo, de su aspecto, de sus costumbres, de su dieta; ese ir modelándose a uno mismo, esclavo de su antiguo yo, desgajándose como esos prisioneros que Michelangelo nunca acabó de esculpir y se retuercen queriendo escapar de la piedra, darse volumen y forma, completarse, romperse desde adentro y amanecer al mundo como una crisálida de mármol. Causa y efecto en sí mismo; descúbrase, transfórmese en su propia consecuencia. Usted debe ser la máxima expresión de sí mismo; un sujeto optimizado, regurgitado de la tráquea de dios padre, equilibrado y sereno, consciente, afirmativo, optimista, expeditivo. Y mientras uno caga con el pestillo puesto se convence de que sí, tiende sus límites como una alambrada y se propone un par de objetivos, a corto plazo, bajar la basura, contestar los correos, barrer bajo el sofá y otros propósitos de enmienda. Uno se lava las manos, expurgado de todo, y promete cumplir las promesas, llamar al dentista, arreglar la cafetera, después de un cigarro. Y un café, si tuviera cafetera. Parece que va a llover, bajaré la basura mañana. A ver qué dicen en las noticias. Este sofá cojea, habrá que arreglarlo, algún día. Qué importa, después de todo.

22 de noviembre de 2010

FULANO DE TAL



Lo prefiero. Mojarme si llueve, fumar si me dan. Si no, queda eso. La servidumbre. Otra opción. Adscríbete a una idea, etiqueta tu nombre en un buzón, catalógate, fulano de tal, abogado, mengano de tal, dentista y cool hunter en las tarjetas de presentación; enúnciate con tal o cual calificativo y asume un discurso cualquiera, yo soy esto, yo soy aquello; caerán sobre tu espalda siglos de prejuicios y espesas caretas de lo que hay que decir, preceptos que la historia ha dejado caer sobre el mundo en que somos esto o aquello, o eso creemos, palabras que se van acumulando con los años como el polvo sobre la estantería del salón. Y así uno llega y ya estaba todo así, encajado en sus casillas y por orden de importancia. Las cosas que importan, las cosas honrosas, este absurdo ir sucediéndonos sin más, sustituyendo ansiedades, generaciones, solapándonos con los días, las décadas, las hambrunas, viviendo eso que nos toca vivir sin más razón que estar vivos. Tal vez por eso esa inútil costumbre de otear el dolor desde lejos, verlo llegar entre celofanes y acto seguido esconderse, escena segunda, tercer acto, saliendo de la niebla o los neones, y dirás eso que hay que decir cuando hay que decirlo, no vaya a ser que dios o esa otra palabra, cómo era, dignidad, razón de ser, amor propio, ese espectador que está ahí y nos juzga desde quién sabe dónde, conciencia imbuida ante el telediario, qué mal está todo, en fin, esto tiene que explotar, por algún lado, esta noche tengo mus, llegaré tarde. Y a esto le llamamos verdad, o dios, o esa otra palabra que dejamos resbalar entre los dientes, orgullo, razón, otras palabras sirven, henchido el pecho, el periódico de referencia bajo el brazo, la frente bien alta, seguros de creerlo, sacándole brillo a la gran falacia que hay más allá del café de las mañanas, señalando con el dedo aquello que hay que señalar, por el bien de todos, cumplimos nuestro deber, salimos al mundo, lo hacemos girar como se espera que gire, y por la noche lo celebramos en el sofá, la serie del jueves que todos siguen en la oficina, deber cumplido. Y has bajado la basura. ¿Qué más quieres? Después de todo, es todo lo que esperan. Felicitas los cumpleaños, felices fiestas, que sea enhorabuena y tú que lo veas. Los quehaceres, las tragedias; no hay café ni leche desnatada, y los negritos del África en las noticias de las dos. Y qué le vamos a hacer, y de nuevo dios o esa otra palabra que antes creíamos, verdad, amor, dignidad, fíjate, se me sigue llenando la boca. Y todos contentos, de qué me voy a quejar, mientras haya un trozo de pan que llevarse a la boca y los dictados de la moda a las once, como cada jueves, en su televisión amiga; reconforta saber que hay cosas que siguen ahí después de todo. 
Nada que contar y otras mentiras en forma de noticia, foto central a todo color ilustrando eso que ya sabíamos, confirmando la sospecha de que alguien tenía la culpa, y no somos nosotros. La verdad, o esa mentira que creemos, la palabra revelada, aunque en el fondo todos sepamos, quién sabe, si nos basta la promesa de serlo, y eso también reconforta, a su manera, hasta que te roban los embellecedores del coche, y pierdes la fe en el mundo, qué hijos de puta, por un momento, ya sin esas palabras, civismo, es ley de vida, cambia el canal, otras canciones en la ducha, son rachas, dirán todos, otras filias, otras fobias, otros miedos viscerales que nos mantienen dentro de casa tras los pestillos puestos y las persianas bajadas, otear el dolor otra vez desde lejos y hacerse a un lado, repite mil veces esa otra palabra, cómo era... Coherencia, tú mismo, tal vez verdad, otra vez, todo vuelve, nada queda invalidado con los años, moda retro los jueves en tu cadena amiga y otra sarta de nuevas obsesiones que nos mantienen alerta, hay que estar a la última y ser el primero en llegar, la ropa planchada, tu nuevo mantra, ese salmo que se llama como tú y repites incansablemente aunque te sorprenda esa foto en el carnet de conducir, porque esa sonrisa no es tuya, nunca lo fue, al menos que se sepa, si es que algo se sabe a ciencia cierta. Yo y otras palabras, otras formas de enjuiciarnos tal vez menos justas, pero qué es la justicia sino otra de esas palabras que hay que creer en la junta de vecinos, aunque uno sepa o intuya. Preferí la indigencia. Material, sentimental. El más absoluto desapego por las reglas sociales, por eso que hace que el mundo se llame de tal forma, por eso que está bien visto, y está bien, y queda bien en las vitrinas de casa porque hace juego con las moquetas del salón. Preferí esa no necesidad de estar bien considerado, de quedar bien en las aceras, de vestir a la última, corbata de saldo, cerramos domingos y festivos por descanso familiar. Compartir cartones de vino con gente que no ve más agua que la que mea. Es preferible. Mendicidad, lo llaman. Vagabundo es otra cosa. Todo un problema para la gente que pasa según las últimas encuestas, gente que tiene un destino en las calles, que se desplaza en cualquier dirección y sigue un camino que nos esquiva y después se para ante un encuestador. Vivir en los márgenes, de los recortes, de las verdades que otros desprecian, de las mentiras que otros ya no se ponen porque no les quedan bien, qué diría la gente, si no fuera por esas palabras que siempre se dicen, no somos nada, la vida, parece que quiere llover.

12 de noviembre de 2010

TRISTEZA POST-COITUM

Tras el naufragio, me das la espalda. Yo lamo tu cicatriz. Un tótem. Un interrogante salado en tu hombro, y se me ha metido arena en las encías. Tu cicatriz es la x, un origen desconocido por mí que habría que despejar, con más tiempo. Pero es tarde y nunca sabré a qué equivale ese algo que une mis límites a los tuyos, cerradura por la que empiezo a formar parte de tu carne y de tus flujos. Una isla que forma tu piel en la noche para que yo, Robinson de baratillo, camisa del Zara por dentro del pantalón y colonia del súper, encuentre una orilla. Tú callas, o escuchas. Puede que llores, tras el naufragio. Después fingirás que me miras, que arrastrarme desde la barra del chiringuito a la playa no ha sido tan mala idea, después de todo. Fingirás que tienes prisa, o sed, tras el naufragio.

Lanzo botellas al mar de tu espalda. Impenetrable, inmenso. Recorro tu columna con mi dedo. S.O.S. Zozobra. Sálvese quien pueda en las costuras de tu traje. Deriva, como un animal herido, ladrando, perdido, buscando anclajes para asirme a tus costillas, todo negro tras tu pelo, y luego me obvias al ritmo de esas olas que nos van dejando atrás. Detrás de la carne y los dientes y la lengua, tal vez más allá de la saliva exista la última salida, la última verdad, la última respuesta a todas las preguntas y esperanzas, despejar todas las x. Lo leí de niño en la pizarra. Las equis son la incógnita. Tus ojos. ¿Dónde has estado todo este tiempo? Diría, patéticamente, otra vez, si no fuera por eso que está llegando y viene después de todo, la incógnita, la herida en el pecho, las leyes, los adioses, es tarde, dos besos. Las equis son la incógnita, y están todas ahí. ¿Dónde han caído mis bragas? La sangre desfilando por las venas, los pasos y el asfalto son la incógnita. El hambre, la conciencia, los zapatos, el olor que te relamo tras la oreja, creo que olvidé el gintónic en la barra, la arena en los zapatos es la x, y estaba entero, joder.

Tras el naufragio me obvias. Te vuelves olvidando por momentos mi presencia al otro lado de tu espalda, callando qué íntima venganza se acaba de consumar, dios sabe. Náufragos ansiosos por volver, por ser rescatados, te subes las bragas, camisa por dentro del pantalón, volveremos a perdernos con la gente, te arreglas el pelo. Y de nuevo a formar parte de absurdos bailes colectivos, todos en círculo y dando palmas, los éxitos del verano, los éxitos del verano pasado, miradas cargadas de semen contra miradas esquivas, a estas horas de la noche sólo hay borrachos y salidos, hija mía, qué le vamos a hacer, todo el pescado vendido, qué pecado, no te oigo, buscando una salida como esos pájaros que no saben salir de la casa en donde se metieron por error y se estrellan contra los cristales de las ventanas, ojos que se buscan y se obvian en este vaivén de vasos que hacen girar los hielos en el sentido de las agujas del reloj, masa informe de cuerpos sudorosos de la que huías hace un rato agarrándome bien fuerte de la mano, acompáñame un segundo tras esas hamacas.

Y de nuevo cada cual con sus amigos, cada cual a sus pequeños ritos, para que todo vuelva a ser como antes, pero ahora ya sin esas terribles ganas de follar o vengarte de dios sabe qué, olvidarte de todo, por un momento, dios sabe. Dónde estabas, preguntarán tus amigas, desde cuándo vuelves a fumar; meaba, pensaba, contaba olas. Anímate, tonta. Te has puesto triste otra vez, pásalo bien, aunque sea una noche, conoce a algún chico, no sé... ¿Otro roncola?

Tras el naufragio, te vuelves, y callas. Me das la espalda, y cada cual va regresando lentamente a los bordes de su cuerpo, a la propia piel como última frontera, al plan de sus quehaceres cotidianos, a pedir cubatas en una barra atestada, a todas las preguntas sin respuesta; mañana: llevar la ropa al tinte, llamar a mi madre, sacudir el polvo de las cortinas. Despejar otras incógnitas. Las equis a este lado del igual, al otro lado tu espalda. Al cuadrado la ansiedad de no hallar solución en este sistema de ecuaciones que ordena el mundo y le pone nombre a las cosas, de saber a ciencia cierta que, llegado el momento, cuando despeje la x, habrá que encontrar la y. Y nadie preguntará si volveremos a vernos, porque a ninguno le importa otra cosa que el rescate.

-Lo siento, después de todo, me pongo triste. Ya sabes.

-Te entiendo. A veces pasa... ¿Fumas?